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EN OCTUBRE: ¿MAGIA, BRUJERÍA O HECHICERÍA?

Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Fulano quiere hacer daño a una persona que odia con todas sus fuerzas. Mengano busca atraer la pasión amorosa de una mujer que le gusta y a quien no ha podido “conquistar”. El vecino quiere “invocar” muertos. El dueño de una tienda ha “fracasado” en su negocio y para resolver este problema, recurre desesperado a la “solución” que le recomiendan, con tal de atraer la “prosperidad” a su vida. Podríamos citar muchísimos otros casos de personas que recurren a “poderes ocultos” como última “tabla de salvación” para sus vidas. Acuden a la brujería, la hechicería o a la magia, prácticas que, en principio, son muy difíciles de distinguir, porque en general, buscan utilizar medios ocultos para producir efectos más allá de los poderes naturales del hombre.
Al ser humano siempre le ha preocupado lo impenetrable del futuro. Ha querido quitar el velo que cubre lo que está por venir; ha buscado saber qué pasará, para evitar las desventuras e ir al encuentro de lo que espera sea un mañana mejor. No pocos, han buscado “manipular” a cualquier precio el porvenir personal o de otros, recurriendo a toda clase de métodos, incluso contrarios a la voluntad de Dios. Es verdad que todas las religiones tratan de responder sobre el origen y desvelar de alguna forma el futuro. Proponen un conocimiento sobre lo que está por venir y así indicar al ser humano el camino que ha de tomar para no fracasar. El Libro del Deuteronomio recuerda las diversas maneras de “conocer el futuro” que practicaban los pueblos vecinos a Israel, por lo que se hace un llamado a no imitar estas prácticas que denomina “abominaciones” a los ojos de Dios: “Que no haya en medio de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego; que nadie practique encantamientos o consulte a los astros; que no haya brujos ni hechiceros; que no se halle a nadie que se dedique a supersticiones o consulte los espíritus; que no se halle ningún adivino o quien pregunte a los muertos. Porque Yavé aborrece a los que se dedican a todo esto, y los expulsa delante de ti a causa de estas abominaciones. (Ver Dt 18, 10 – 12). La dificultad para aceptar esta renuncia, se observa en la historia de Saúl, quien había intentado imponer esta prohibición para acabar con toda forma de magia. Ante la batalla contra los filisteos, le resulta insoportable el silencio de Dios, por lo que busca una nigromante para que invoque el espíritu del Profeta Samuel y así le muestre el futuro: si el Señor no habla, otro debe quitar el velo del mañana (cf 1 S 28). A estas prácticas se contrapone el camino de la fe: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él escucharéis” (Deuteronomio 18, 15).
Hay que tener en cuenta que no todos los brujos siguen las mismas prácticas, no obstante, en la era cristiana las más comunes son: hacen un pacto con el demonio, adjuran a Cristo y los Sacramentos, tienen ritos diabólicos en los que hacen una “imitación” de la Santa Misa o de los oficios de la Iglesia, adoran al Príncipe de las tinieblas y participan en aquelarres (reuniones de brujos donde hacen sus maledicencias). La brujería está relacionada con el satanismo. Tanto en la brujería como en la magia se encuentran estos elementos: realización de rituales o de gestos simbólicos. Uso de sustancias y objetos materiales que tienen significado simbólico. Pronunciamiento de un hechizo. Una condición prescrita del que efectúa el rito. La brujería consta de rituales para hacer sus hechizos (ejercer un maleficio o atadura sobre alguien), algunos de los cuales requieren hierbas particulares. También hay palabras de conjuro o hechizo que pueden ser escritas para obtener un mayor poder. Algunos utilizan imágenes de Jesús, María o los santos, etc. para hacer creer que se está en algo “bueno”.
La brujería puede ser real, pero en muchos casos puede ser también sugestión de la mente, es decir pura mentira. En ambos casos está actuando el demonio, príncipe de la mentira. La Biblia y la tradición de la Iglesia indican que los seres humanos tienen libertad para pactar con el diablo, el cual tiene influencia en la tierra y en las actividades humanas. San Jerónimo, pensaba que en muchos casos la brujería es sugestión de la mente. Numerosas personas han hecho pactos satánicos y posteriormente han experimentado graves consecuencias. Debemos evitar tanto el exagerar como el minimizar el poder de Satanás. Al enterarse de que alguien está haciendo un “trabajo” de brujería, muchas personas tienen miedo. Hay que recordar que el demonio sólo puede con aquellos que no confían en Dios y por falta de fe están espiritualmente débiles o muertos. Son como pollitos que se han alejado de la protección de la gallina y se exponen al gavilán. Por eso Jesús nos dice: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!” (Mateo 23:37).
Lo mejor es recurrir al Señor por protección y no temer. Poner en Él toda la confianza y practicar la fe por convicción, es decir: acercarse a los sacramentos, especialmente participando en la Sagrada Eucaristía, leer la Palabra de Dios, hacer oración personal, orar con el Santo Rosario y pedir a los hermanos que oren por esta intención. La gracia del Señor jamás faltará a quien la busque. Nunca se debe buscar a otro brujo para obtener defensa, pues el “remedio” sería peor que la enfermedad. Hay que recordar que “quien sigue la voluntad de Dios sabe que en todos los horrores que le ocurran nunca perderá una última protección. Sabe que el fundamento del mundo es el amor y que, por ello, incluso cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquél que le ama” (Benedicto XVI). Finalmente, con respecto a las personas que dirigen este tipo de prácticas, notemos que en el Antiguo Testamento se decía: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Éxodo 22,17). Pero los cristianos debemos seguir el camino de Jesucristo, quien rechaza el pecado pero ama al pecador. La enseñanza de Jesús en el caso de la mujer sorprendida en adulterio podemos aplicarla también a la brujería, a la hechicería o a la magia, como a cualquier otro pecado. El camino de Jesús no es la condenación al estilo de los que se proponían apedrearla. Tampoco es la actitud de los que hoy pretenden que no existe el pecado. El camino de Jesús es el amor, que llama a una vida nueva, libre de pecado. El mal no se vence matando sino ayudando con amor y verdad a salir del pecado.
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