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Domingo, 4 de octubre de 2026

Dostoyevski y las vanidades

Dostoyevski
Diogenes Diaz Carabalí
Por: Diogenes Diaz Carabalí.

Dostoyevski es tal vez el más prolífico y más distinguido de los escritores rusos. También el más aburrido. Su obra encierra las íntimas condiciones del alma humana, por decir que el alma humana es aburrida, con pocas excepciones podemos encontrar un hombre que no aburra con sus afujías, pero además por lo compleja del alma y porque su complejidad conlleva acciones inexplicables. Dostoyevski quiso explicar y comprender al hombre a través de su extensa creación literaria.

Pero es actual, simbiosis que los modernos hombres del Internet y el WhatsApp Messenger reconocen, porque las contradicciones, los conflictos internos, los complejos particulares, las soberbias humanas, la locura de los egoísmos permanecen latentes a siglo y medio de su existencia y eso lo hace más aburrido. En el entendido de la interioridad, del apropiamiento del entorno arrollamos morales y éticas, como si pretendiéramos ser únicos, solitarios.

En particular me gusta Dostoyevski. Por una aprehensión muy particular. Porque me gustan los discursos largos. Tal vez debido a mi padre quien, como guardaba prolongados silencios, o por horas se sumergía en lecturas que mi madre acusaba de pérdida de tiempo, tomaba también la palabra para hablar de su vida, de la importancia de ser honrado y cumplidor de los deberes, hasta hacerse igualmente aburrido. Eso encuentro en Dostoyevski. Un interminable discurso al que exige oficio, tal que Nietzsche, antes de convertirse en loco y fascista, se refería al autor ruso como el mejor psicólogo por encima del Austriaco (hoy República Checa) Sigmund Freud, igualmente aburrido.

Dostoyevski

Y creo que he heredado esa postura aburrida. De Emo, dicen mis hijas. Hablar cosas sin trascendencia me parece de desocupados, y el humor basado en ridiculizar razas, costumbres y orígenes me parece grotesco: en conclusión no digo chistes, no participo en juergas ni me gusta el Vallenato por cursi. En cambio me gustan las conversaciones sustanciales, el Fútbol y la Salsa. Escucho ópera, me encanta Mozart y los libros dejan flaco mi bolsillo.

Por fortuna me doy cuenta que no estoy solo. A mis hijas les encanta Dostoyevski, cosa que miro como una bendición. Y para colmo encuentro por ejemplo a Pilar Quintana, estupenda escritora vallecaucana. Entra al auditorio sin dejarse notar, como si fuera una de nosotros, pasa enfrente, se acomoda en una silla en posición de Buda sin preocuparse por la pulcritud del recinto, y cuenta una aburrida historia de por qué escribe. Alaba de Dostoyevski hasta la saciedad, menciona que Los hermanos Karamasov es su libro de cabecera, habla otra vez de Dostoyevski, hasta cuando alguien del auditorio le interroga cómo puede una mujer tan inteligente y tan linda leer a Dostoyevski.

Me siento aludido, subo el cuello de la camisa para que no me identifiquen, escondo un libro Dostoyevski que acabo de comprar. Es cuando siento que puyan mi costado para decirme que la causa continúa, que la trascendencia de lo imponderable sigue vivo y que sobre las tantas páginas de Dostoyevski está derramada la mezcla de sangre y agua del hijo de Dios.

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