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domingo 18 mayo, 2014 a las 8:21 pm

Afrodescendencia, filosofía de vida.

Jorge Muñoz Fernández
Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA
[email protected]

“Siglos después de la esclavitud en América las culturas, con imaginarios corporales caucásicos, se resisten a admitir que África es la cuna de la humanidad y no Paris, ni Nueva York, ni Inglaterra, ni Madrid, ni Bogotá, ni Popayán”

Servidumbre, sometimiento, vasallaje y explotación configuraron el proceso de esclavitud al que fueron sometidos los afrodescendientes en Colombia y el continente americano.

Desarraigados de manera violenta de sus tierras africanas llegaron a nuestra nación con el inmenso acervo de símbolos, deidades, creencias, conocimientos artesanales, modos de producción, relaciones sociales solidarias, filosofía de vida, literatura popular, tradiciones lingüísticas, gastronómicas y agrícolas que constituían una cultura inmaterial milenaria.

Pero no eran simplemente grupos aislados y personas confinadas las víctimas del extrañamiento, eran reinos, entidades soberanas y pueblos íntegros sometidos por la colonización española a prácticas deculturadoras en su intento de lograr el sojuzgamiento pleno.

Las prácticas endoracistas que privilegiaban la supremacía ibérica mediante pedagogías religiosas incluían la satanización de sus formas de vida, la ridiculización por su color, la negación de sus lenguas y la prohibición de sus tradiciones gregarias.

Someterlos a conceptos de inferioridad, miedo religioso y temor ante la autoridad real tenía objetivos políticos dominadores: evitar rebeliones, alzamientos, anular la insurrección y sus conocimientos en la organización de la guerra.

Las condiciones materiales de sus nuevos entornos sociales y las similitudes geográficas de algunas regiones colombianas con el medio ambiente de los territorios de donde fueron violentamente separados ofrecieron la oportunidad para organizar la resistencia y el cimarronaje.

No contó el colonialismo que los esclavos podían conseguir su libertad huyendo a regiones cálidas e inhóspitas para rehacer y conservar su identidad, donde los palenques era fortalezas impenetrables y comunidades solidarias y fraternas que preservaban su identidad.

Sin los palenques y el liderazgo guerrero e intelectual de los líderes cimarrones la cultura africana en Colombia habría desaparecido. Fueron éstos espacios para organizar alzamientos contra la Corona Española, contra el dominio español y republicano, contra una cultura del poder que no era el suyo.

La riqueza de su ideario africano y su fortaleza moral mantuvieron vivas e intactas las tradiciones culturales, que en la Región Caribe y la Región Pacífico, reafirmaron los valores afrodescendientes.

La nostalgia del África desapareció en la persistente lucha contra todas las formas culturales del poder español y la postrera cultura hegemónica colombiana que, como ideología dominadora, acepta el multiculturalismo desde una perspectiva jurídica, pero que en la práctica social lo niega de plano, tanto más cuando la Constitución afirma: “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana” y “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”.

Superado el discurso inmoral del desprecio ejercido por las élites despóticas hacia los afrodescendientes, y superado el endoracismo blanco, la pobreza se ensaña sobre el Pacífico colombiano como un crimen que tiene connotaciones, a la luz de los nuevos parámetros de la justicia universal, de lesa humanidad, atribuible al Estado colombiano, crimen que se refleja en las estadísticas sobre salud, desplazamiento forzado, educación y esperanza de vida de sus comunidades, sometidas al abandono institucional, acentuado por un sistema económico diseñado por los privilegiados y para los privilegiados, que no cuenta con la participación de los pobres.

Cabe recordarles a los autores del desprecio por los indígenas y los afrodescendientes una frase de Albert Camus: “Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo”.

¿Cómo superar enclaves de esa naturaleza, si las políticas públicas son trazadas a corto plazo, si lo que importa son las elecciones inminentes cada cuatro años y los negocios, de gravosos tratados internacionales, deben ser urgentes y expeditos para el buen éxito del gran capital?

Que esperen los afrodescentientes de la Región Pacífico, connacionales que no tienen agua potable, ni comida suficiente, -(¿mandarlos a comer pescado?)-, donde los niños trabajan para sostener a sus familias, el analfabetismo es hiriente y las multinacionales de las dragas otorgan unas horas a los mineros para que logren, mediante el “mazamorreo”, como piadosa limosna, un poco de oro que los mantenga atados a su desenfrenada explotación.

Pareciera que el colonizador no ha sido derrotado. El tatuaje del dominio es visible sobre la piel de los excluidos. Las víctimas padecen la guerra, el hambre, las epidemias, la exclusión, las falacias y trampas políticas.

Siglos después de la esclavitud en América las culturas hegemónicas, con imaginarios corporales caucásicos, se resisten a admitir que África es la cuna de la humanidad, y no Paris, ni Nueva York, ni Inglaterra, ni Madrid, ni Bogotá, ni Popayán. Hasta pronto.

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Otros artículos de este autor: http://bit.ly/1kToC6r

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