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Miércoles, 28 de octubre de 2026

La victoria de Lula apuntala la defensa global de la democracia

La victoria de Lula confirma que la democracia y el Estado social de […]

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Representacion de Lula con el puño levantado frente a una bandera de Brasil
Imagen por: https://chatgpt.com/

Omar Orlando Tovar

                                                                                     La victoria de Lula confirma que la democracia y el Estado social de derecho no se defienden con resignación ni con el mal menor: se defienden con organización, movilización permanente y votos.

A pesar del gran escepticismo que rondaba entre analistas y opinadores de todos los estratos sociales y académicos (dentro de los que este humilde servidor se incluye), la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje brasileño de octubre de 2026 fue un impactante golpe de mano en la política continental, que no puede leerse como un simple episodio electoral, sino como una clara advertencia para un establecimiento económico y político que había logrado ganar siete elecciones presidenciales consecutivas en Latinoamérica, imponiendo a varias de sus fichas en gobiernos nacionales que se alinearon, de inmediato, con la agenda de Donald Trump. Pese a la tibia (pero obligada) cobertura que le hicieron los medios de comunicación corporativos al triunfo del Partido de los Trabajadores en Brasil, es claro que la importancia de este resultado trasciende el contexto nacional brasileño, puesto que, al revisar la actual correlación de fuerzas políticas (derecha e izquierda) en un mundo donde la democracia representativa y el Estado social de derecho enfrentan una ofensiva reaccionaria global, la continuidad de un gobierno zurdo en la mayor economía de América Latina constituye no solo un triunfo político significativo, sino que eleva al gobierno de los trabajadores a la altura de un baluarte para la misma democracia liberal de occidente. Antes que el desprevenido lector arrecie en la respetable crítica de esta nota, etiquetándola de mamerta, progre, madurista, comunista o atea, es preciso advertir que no se trata de idealizar la figura personal de Lula ni de ignorar sus contradicciones, que las tiene, sino de resaltar el hecho de que su victoria impide que la extrema derecha continúe consolidando un modelo de neoliberalismo autoritario, en el que las elecciones se mantienen formalmente, pero se erosionan por dentro las instituciones, los tribunales, el Congreso y se disminuyen o simplemente se eliminan derechos, mediante la imposición de un modelo de represión física y judicial. Aunque no lo parezca, diversos estudios han señalado que el apoyo a la democracia en América Latina cayó del 69% en 2008 al 59% en 2018/19, reflejando, a su vez, fenómenos de opinión como, por ejemplo, el desplome en los índices de satisfacción con su funcionamiento, al pasar de 60% al 40%, lo que a su vez ha venido ocasionando en la opinión pública un mayoritario respaldo al cierre del Congreso por parte del Ejecutivo, en un porcentaje que subió del 15% al 24%. Lo grave del asunto no son solo las cifras (probablemente muy sustentadas y hasta comprensibles), sino la constatación de que esa erosión en la confianza hacia el sistema democrático no fue casual, sino que fue cultivada y manipulada por liderazgos que se presentan como apolíticos y salvadores, pero que gobiernan para una minoría responsable del deterioro de este mismo sistema y de las consecuencias de un modelo socio-económico que hoy día critican, pero que, al llegar al gobierno, tal y como se ha visto, mantienen y hasta profundizan, en favor de ellos mismos. El estimado lector y/o lectora disculparan lo descreído de este servidor, pero es necesario advertir que, no obstante, la importancia y lo simbólico del triunfo electoral de la izquierda en Brasil, el repunte de los populismos de extrema derecha en la región y en el mundo se explica, en buena parte, por la manipulación del malestar popular que las élites económicas han hecho por medio de figuras como Trump, Milei, Bukele, De La Espriella y Bolsonaro padre, para capitalizar el descontento por la inflación, la inseguridad y la precariedad que afecta a las mayorías, a pesar de que estos males son causados por el mismo sistema que ellos han impuesto y procuran mantener. Disculparan lo repetitivo del argumento y la advertencia, pero es necesario insistir para evitar que escenarios como los que ya hemos padecido se vuelvan a repetir. Se reafirma que los Trump, Bukele, Noboa, Fujimori, Kast, De La Espriella, Bolsonaro, Milei, etc., prometieron y prometen mano dura, orden y progreso económico, sin advertirle a sus despistados votantes que ese progreso beneficiaría a unos pocos. Se repite la prevención que surge de la constatación de que son dueños, aliados o amigos de quienes manejan las redes sociales, los medios corporativos, así como el peligro que significa que hagan alianzas político-económicas con iglesias evangélicas pro-sionismo para seguir manipulando la opinión pública y así lograr influir en su intención de voto mediante una narrativa en la que la amenaza comunista, progresista, woke, globalista y atea explica todos los males que la derecha y sus patrocinadores han creado y mantienen. Y para que no se diga que es conspiranoia del autor de estas notas, permítanme contarles que el caso brasileño es elocuente, ya que se supo, por medio de muy serias investigaciones periodísticas, que en esas elecciones (para no hablar de las colombianas y un largo etcétera) se presentaron sesgos algorítmicos de Meta (la de Facebook, WhatsApp, Threads e Instagram) para favorecer al bolsonarismo, junto con restricciones a cuentas progresistas, bloqueos judiciales controvertidos y presiones diplomáticas de Trump, Elon Musk y JD Vance contra el Poder Judicial; todo para favorecer a junior Bolsonaro, en una acción coordinada que no fue solo propaganda, sino una arquitectura digital y política puesta al servicio de un proyecto reaccionario en contra de la pobrecía y de los neo clase media desinformados. La cosa no es asunto de los puros criollos, como el frustrado cantante de vallenato y ópera que hoy funge como mandatario en Colombia; este proyecto tiene poderosos patrocinadores transnacionales, tales como como la organización israelí AIPAC y la tecnocracia de Silicon Valley, que no actúan solo en Estados Unidos, sino que impulsan una red internacional de medios de comunicación, plataformas y candidatos que venden la idea de que los países deben ser salvados por outsiders apolíticos, así terminen aliados con los de siempre. Lo triste es que la gente cae en este engaño, a fuerza de repetición, manipulación y, sobre todo, de ignorancia. La tristeza, o mejor, la frustración por las recientes elecciones (distintas a la reciente en Brasil) es grande porque el guion de la derecha es conocido: si gobierna la izquierda, se avecina el caos; si gobierna la derecha, llega la seguridad y la inversión, aunque la realidad sea otra, o mejor, la de costumbre: ajuste fiscal, privatizaciones, desregulación y beneficios concentrados en los mega – ricos de siempre. Por eso no debe extrañar que, aun después de la derrota de Flávio Bolsonaro, la derecha internacional siga intentando desestabilizar a México, Brasil, Uruguay o cualquier país donde la izquierda gobierne. Lo hará con montajes periodísticos y judiciales, como los que padece el expresidente Petro en Colombia, con denuncias de fraude sin pruebas, como la que presentó Flávio Bolsonaro y con campañas de manipulación informativa permanentes para presentar a sus agentes como los únicos capaces de restaurar el orden. Tranquila amiga lectora y/o lector, no todo es malo. La victoria de Lula también dejó lecciones esperanzadoras, como que la remontada no fue producto del azar, sino la consecuencia de acciones concretas, como por ejemplo, la movilización de una juventud rebelde que ante el peligro de la llegada del neofascismo de Bolsonaro 2.0, salió a las calles, se articuló con sindicatos, movimientos feministas, colectivos negros, organizaciones LGTBI, ambientalistas y trabajadores rurales, recuperando el espacio público, pero, sobre todo: Votando. Las denuncias y la supervigilancia internacional de las elecciones cariocas impidieron una mayor manipulación de los algoritmos de redes o la intromisión digital en los resultados, como se sospecha pasó en otros lares, en donde, por ejemplo, a pesar de las pruebas, se insiste en la limpieza del sistema. Frente a estas acciones concretas de la izquierda en Brasil, se logró una reducción de la abstención, que pasó del 21,08% al 19,22%, incorporando casi tres millones de electores. Pero el factor más potente fue político, al avanzar en una pedagogía política popular que logro hacerle entender a millones que no se trataba solo de defender la institucionalidad en abstracto, sino de disputar la vida cotidiana de la clase trabajadora. Esa es una lección universal. La democracia no se salva únicamente con votos cada cuatro años; se salva cuando las mayorías sienten que el sistema mejora sus condiciones de existencia. El triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores frenó una tendencia que parecía imparable, ya que Lula obtuvo 64.256.232 votos, el 51,79%, frente a los 59.826.041 de Flávio Bolsonaro, el 48,21%, en unas elecciones en las que, por primera vez desde la instauración del balotaje, un candidato que había perdido la primera vuelta logró revertir el resultado, demostrando que, manteniendo a raya la manipulación mediática y supervigilando la intromisión en el sistema electoral, las mayorías populares, cuando se organizan y cuando encuentran un lenguaje material concreto, todavía pueden torcer el rumbo frente al poder de las élites y de las maquinarias comunicacionales. Se insiste: hay esperanza. Las protestas sociales que hoy recorren Europa y Estados Unidos contra las políticas de la derecha muestran que el descontento popular no es patrimonio de la reacción. América Latina acaba de demostrar que las mayorías pueden evitar el desastre neofascista y, al mismo tiempo, sacar a millones de la miseria y la pobreza. La victoria de Lula no garantiza el futuro, pero sí confirma que la democracia representativa y el Estado social de derecho no se defienden con resignación ni con el mal menor, sino con organización, derechos concretos y movilización permanente. Esa es la tarea que sigue en Brasil, Argentina, México, Colombia y en el mundo.

Lecturas sugeridas

• Alberto Bonnet. El ascenso de Milei en Argentina y las nuevas extremas derechas de América Latina. 2024. Papel Político, Vol. 29

• Virginia Lupu y Luis Schiumerini. Derecha y democracia en América Latina. 2021. Población y sociedad, 28(2), 80-100. https://doi.org/https://doi.org/10.19137/pys-2021-280205

• Gerardo Lissardy. El último gran triunfo de Lula: por qué su victoria en Brasil tiene un valor tan especial para él y la izquierda de América Latina. BBC News/ Mundo/ América Latina. 26 de octubre, 2026. https://www.bbc.com/mundo/articles/c6kglv4mk49wo

• Miguel Urbán. Claves de la victoria de Lula: movilización juvenil, lenguaje de clase y la batalla contra Meta. El Salto / Opinión. 26 de octubre, 2026. https://www.elsaltodiario.com/analisis/victoria-historica-lula#

• France 24. El triunfo de Lula frena a la derecha y socava las aspiraciones de Trump en Latinoamérica. France 24 / Latinoamérica. 26 de octubre, 2026. https://www.france24.com/es/am%C3%A9rica-latina/20261026-el-triunfo-de-lula-frena-a-la-derecha-y-socava-la-cruzada-de-trump-en-latinoam%C3%A9rica


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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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