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Martes, 27 de octubre de 2026

Una nota sobre el poeta Cesar Vallejo

Poeta impregnado y empapado de densas sustancias vegetales e indígenas, que a veces le transfieren a su poesía y a su poetizar elementos terrígenos que parecen brotar como el tungsteno de una profundidad enigmática, donde impera el asombro y muchas...

Retrato ilustrativo de César Vallejo junto a sus obras Trilce y Los heraldos negros
Imagen por: https://chatgpt.com/
Víctor Paz Otero

Poeta impregnado y empapado de densas sustancias vegetales e indígenas, que a veces le transfieren a su poesía y a su poetizar elementos terrígenos que parecen brotar como el tungsteno de una profundidad enigmática, donde impera el asombro y muchas veces más la metafísica.

Su poesía fue en nuestra América como una música arbitraria y hermética que poco a poco fue descubriendo, con su sintaxis enmarañada y sus ritmos trastocados y alógicos, nuevas posibilidades para la expresión de la belleza. Y casi siempre el rumor y el perfume impreciso de una tristeza devoradora que parecía cabalgar en los huesos y en la derrota del hombre. Una tristeza que se ceñía a esos versos como tratando de iluminar la vida desde una gran oscuridad.

Nació un día turbio y lluvioso de marzo de 1892, un día en que Dios estaba enfermo… grave. En uno de esos pueblos carcomidos por el olvido y la pobreza y en donde la alegría era tan precaria como la opulencia. Un pueblo llamado Santiago de Chuco. Hasta el nombre de su pueblo lo liga con ese impenetrable rio genético donde mana ultrajada el agua de lo indígena. En algunos dibujos que le hizo Pablo Picasso, es deducible imaginar unas facciones graníticas y unos ojos dolientemente extraviados en la profundidad de unas cavernas. Sin embargo, algunas fotografías lo sorprenden agobiado por el peso de sus sueños y por la sombra de sus huesos cansados.

En su pueblo natal, seguramente auscultó los sonidos arcanos, las voces inaudibles, los símbolos incomprendidos de una raza a la que le había sido arrancada y alterada violentamente su destino sobre la tierra. Seguro ahí soñó y sintió para esa raza una nueva voz, un distinto tono expresivo que pudiese llevar a la superficie de las palabras la realidad de ese mundo casi abolido, de ese mundo de cuya sustancia y arcilla estaban hechas sus propias células. Le tocó romper y fracturar las formas clásicas y galantes, con las cuales los poetas del modernismo perfumado y cosmopolita declamaban en los ilusorios salones la fiesta de las princesas o la danza de los cisnes. Fundó y difundió su voz de tierra nueva en inéditos jardines para hacer florecer la magia siempre cambiante del poema. Y fue más triste y fue más solo. Fue como un perpetuo extraviado en ese mundo de metáforas que se alejaron de la analogía y, en cambio, se embriagaron con una nueva y abscóndita libertad tejida con sonidos.

Allá en su pueblo, en alguna tarde de revuelta y asonada, la fina sensibilidad de los gendarmes lo arrastró a la cárcel por cuatro ensombrecidos meses. Lo dice en un poema: “El cancerbero cuatro veces/al día maneja su candado/abriéndonos, cerrándonos/Los esternones, en guiños que entendemos perfectamente”.

Cuatro meses que fueron de infierno y poesía, cuatro encierros-meses donde encontró su habla verdadera. Al salir, publica un libro: “los heraldos negros”. Nombre con premonición y aliento fatalista, libro áspero y ungido aún a ciertos y agónicos aleteos modernistas. Después vendría TRILCE, donde el espejo le devuelve su verdadero rostro. Rostro esculpido en tierra y barro. Rostro indígena, rostro triste, hermético, arbitrario. Después de TRILCE, viene, a modo de una fuga, su viaje hacia Paris. Un Paris que para él no fue nunca fiesta alguna, sino un asombro pobre y sucio, donde algún desayuno magro era, de cuando en cuando, privilegio de exótica opulencia. Y en ese Paris, mas versos engendrados en esa textualidad agobiante, asimétrica, terca y retorcida o, como alguien lo ha dicho, atravesada por un sentimiento animal que se deshace en grito alegre o dolorido. Y, por supuesto, todos esos años Europeos los vivió como animal acosado, como animal que no sacia el hambre ni la sed, solo el sexo muy de vez en vez. Y entones, y casi necesariamente, surgen las estructuras del lamento, la autoflagelación, las cenas miserables, las bullas que no dejan testar, las islas que van quedando, el hasta luego, el aguardar lo que no se nos debe, el saber que nadie sabe que vive. Todo eso le hará escribir lo que a él le bautizaron como sus Poemas humanos.

Una noche toda llena de heridas y de ultrajes y nunca de murmullos, sin pan, vacía de ternura, vacía de todo y llena solamente de su alma, se hizo comunista. FE colectiva y convulsiva que formaba parte de la vanguardia de esos años grises. Se fue a Rusia y escribió algunas notas que su talento no se merecía. Regresó a España, que estaba en sangre y carne viva. Vio la guerra con sus buitres, con los crepúsculos fracturados en la sombra de la muerte. Vio los hermanos degollados los unos por los otros. Vio las tibias vísceras sacadas a solearse en los caminos. Toda esa orgia, todo ese irracional y absurdo horror le hizo escribir un libro que, con su título, evoca esa religiosidad torturada y torturante que siempre acompañaba sus pasos por la tierra. El libro se llamó: España, aparta de mí ese cáliz… Y el poeta peruano continuó muriendo.


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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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