
Ha llamado la atención el anuncio de la ministra entrante Vivian Morales sobre la necesidad de «sacar a Marx de las escuelas y meter a Dios».
Más allá del impacto de esa afirmación, conviene preguntarse si el problema que pretende resolver realmente existe.
Empezó sembrando una mentira la señora ministra.
En Colombia, Marx no constituye una cátedra obligatoria en la educación pública.
Su pensamiento puede estudiarse, como también el de Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Locke, Rousseau, Adam Smith, Kant y muchos otros autores que hacen parte de la historia del pensamiento universal.
Estudiar un autor no significa adoptar su ideología; significa conocer distintas corrientes para desarrollar pensamiento crítico.
Esa es, precisamente, la misión de la educación: enseñar a pensar, no decirle al estudiante qué debe pensar.
Tampoco Dios necesita ser impuesto desde el Estado.
La fe pertenece al ámbito de la conciencia y de la libertad.
Cuando el poder político pretende convertirse en intérprete exclusivo de Dios, la religión deja de ser una experiencia espiritual para transformarse en un instrumento de poder.
Como seguidora de Jesús, me preocupa profundamente que el cristianismo sea utilizado para justificar proyectos políticos o para señalar como enemigos a quienes piensan distinto. Jesús nunca impuso la fe por la fuerza. Predicó el amor, la compasión, el perdón y el respeto por la dignidad de todas las personas.
Convenció con el ejemplo, jamás con la imposición.
Lo que sí representa un verdadero peligro para la democracia es el fanatismo religioso. La fe, cuando nace de la libertad, puede inspirar solidaridad, justicia y esperanza. Pero cuando se convierte en fanatismo y se mezcla con el poder político, deja de ser un camino espiritual para transformarse en un mecanismo de exclusión y persecución.
La historia ofrece una dolorosa lección. Basta recordar la Inquisición, cuando, en nombre de Dios, miles de personas fueron perseguidas, torturadas y condenadas por pensar diferente.
El fanatismo llevó a creer que eliminar al discrepante era un deber moral, esa misma es la idea, que toma fuerza “hay que destripar” al contrario.
Esa ‘teoría’ es una de las páginas más oscuras de la humanidad y un recordatorio de lo que ocurre cuando una autoridad pretende imponer una única verdad religiosa.
El Estado colombiano, por mandato constitucional, protege la libertad de cultos y la libertad de conciencia.
Esa neutralidad no es un ataque contra Dios; es la garantía de que ninguna religión podrá imponerse sobre las demás y de que todos los ciudadanos, creyentes o no, tendrán los mismos derechos.
La escuela debe formar ciudadanos libres, capaces de analizar, debatir, investigar y construir sus propias convicciones.
Allí tienen cabida la filosofía, la historia, la ciencia, las distintas corrientes del pensamiento y el estudio del fenómeno religioso desde una perspectiva académica, nunca como un mecanismo de adoctrinamiento.
Ni Marx amenaza la fe, ni Dios necesita ser defendido por el poder político.
Lo que sí necesita ser protegido permanentemente es el derecho de cada persona a pensar, creer o no creer en libertad.
Porque cuando el fanatismo religioso entra a gobernar las conciencias, la democracia empieza a perder su esencia.
La historia ya demostró las consecuencias de ese camino.
Sería un grave error recorrerlo nuevamente.
La designación de Vivian Morales como ministra de Educación despierta serias preocupaciones sobre el rumbo que podría tomar la educación pública en Colombia. Sus posturas públicas, para muchos, representan una visión marcada por el oscurantismo religioso, el riesgo del fanatismo y una profunda polarización social.
La educación debe formar ciudadanos libres y críticos, no convertirse en un escenario para imponer creencias o visiones únicas del mundo. Cuando el Estado confunde la formación académica con el adoctrinamiento ideológico o religioso, la democracia comienza a debilitarse.
La escuela debe ser un espacio para el conocimiento, la ciencia, el debate y el respeto por la diversidad de ideas, no para alimentar odios de clase, religiosos o políticos. El verdadero desafío de un ministro de Educación es garantizar la libertad de pensamiento, no restringirla.
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