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Domingo, 11 de octubre de 2026

Cuento breve de una pequeña y brillante escritora

Cuento breve de una pequeña y brillante escritora

El robot salvaje

Por Rosalind Bagwell (9 años)

Roz sintió una especie de agotamiento al llegar a un claro frondoso. Flores vibrantes llenaban el espacio y setas del tamaño de sillas estaban esparcidas. Enredaderas cubrían el claro, cerrándolo. Pequeños rayos de sol rosado se filtraban por los huecos entre los árboles, dándole al claro un brillo rosa fluorescente. De repente, algo gris y esponjoso llamó la atención del robot. Al darse la vuelta, vio a una majestuosa loba gris recostada de lado, con unos ojos verdes cristalino, llenos de miedo, pero brillantes. El pelaje de la loba parecía relucir como una puesta de sol bajo la luz menguante que se filtraba entre los árboles. Pero cuando Roz y la loba cruzaron miradas, la loba se quedó rígida de miedo. Así que, usando todas las fuerzas que le quedaban, se enderezó y dijo con su voz más amigable: «¡Hola, me llamo Roz!» Tras un instante, la loba cerró sus impresionantes ojos y respondió con una voz fluida, etérea y delicada: «Yo… soy… Stella…» «Hola Stell». De repente, la voz del robot se cortó sorprendida. La pierna de la loba estaba torcida en un ángulo extraño que parecía terriblemente doloroso. Roz miraba fijamente la pierna con tanta intensidad que dio un salto cuando Stella hizo una mueca, golpeando su dura pierna metálica contra un místico cerezo en flor, haciendo que los pétalos cayeran y flotaran como nieve rosa. «¿Por qué tu pierna es rara?», preguntó Roz con tono inquisitivo. «¡Me la rompí!», gimió Stella mientras lágrimas plateadas resbalaban por su rostro. Pero ni el robot ni la loba sabían que aquel pequeño gemido había resonado hasta la cueva de la osa, despertando a la osa madre de un profundo sueño y haciéndola saltar de su cueva y correr hacia el claro, saltando sobre troncos y gruñendo a cualquiera que se interpusiera en su camino, pero cuando llegó al claro, no había nadie. De repente, la osa madre sintió que algo áspero y pesado caía sobre su cuerpo. Resulta que el robot había tejido una red gruesa de madera tosca por si los osos volvían a atacarla, así que cuando el robot finalmente oyó que la osa se acercaba, tomó a Stella en brazos con sigilo y saltó al cerezo. Con un crujido del cerezo, Roz saltó. La osa madre dejó escapar un gruñido que hizo temblar el suelo. «Te quitaré la red si me dejas en paz», dijo el robot, sin revelar a propósito que Stella estaba allí. La osa madre gruñó, pero accedió, así que Roz levantó con cuidado la red y la osa se alejó trotando. El cerezo crujió dos veces y el robot volvió al suelo con Stella en brazos. Pronto Roz tejió una pequeña escayola siguiendo las indicaciones de Stella y pronto la loba volvió a caminar cojeando ligeramente. «Puedo acompañarte de vuelta a tu guarida», dijo el robot. «Sí, por favor», dijo Stella con esa misma voz tenue. Las cabezas de Roz y Stella asomaron entre las enredaderas en flor y, con cautela, sus pies se movieron sobre el musgoso suelo del bosque, para luego hundirse en la oscuridad de la guarida de la loba. Los lobeznos rodearon a Roz, lamiéndole la cara mientras Stella le pasaba un puñado de tierra seca y agrietada. «Si vas a escapar, tira esto para crear una nube de tierra y así tendrás vía libre». El robot salió de la guarida con la tierra, sintiendo una oleada de satisfacción que lo invadió de pies a cabeza.

FIN


  Rosalind Bagwell Rosalind Bagwell nació en Estados Unidos, país donde reside con sus padres. Es estudiante de cuarto grado elemental. Recibe clases de piano y canto lírico. También estudia francés y chino mandarín. Practica la equitación desde los dos años de edad y entrena fútbol (soccer). Está escribiendo un libro, del cual nadie sabe de qué trata, pues dice que no podrán leer nada hasta que lo terminé. Las matemáticas le parecen divertidas, se levanta a las cinco de la mañana a resolver problemas y ejercicios extracurriculares. Ah, también trabaja con un grupo de teatro. Su abuela, Ana, es mi hermana, o sea que yo soy un orgulloso tío abuelo de la linda Rosalinda (así la llama toda su familia hispana). El robot salvaje, escrito originalmente en inglés, fue vertido al español por otro tío abuelo, mi hermano Joaquín, traductor de vieja data desde distintas lenguas: inglés, francés, italiano, alemán, portugués y catalán.

LO ESENCIAL

  • Rosalind Bagwell tiene nueve años y escribe con una madurez narrativa que sorprende a sus maestros.
  • Su cuento El robot salvaje fue escrito originalmente en inglés y traducido al español por su tío abuelo Joaquín, traductor en siete idiomas.
  • La maestra Sra. McCall le entregó el Premio Águila de su escuela elemental por su dominio de la comunicación oral y escrita.
  • Rosalind es sobrina nieta de León Gil, destacado poeta colombiano, reconocido por su estilo directo, irónico y lleno de humor.

 

Premio Águila (Eagle Award)

Premio Águila (Eagle Award) Esto dijo de Rosalind su maestra, Sra. McCall, al entregarle el Premio Águila (Eagle Award) de su escuela elemental:

«Rosita es un ejemplo extraordinario del atributo de comunicador, del perfil del alumno del bachillerato internacional. Si buscaran la palabra «comunicador» en el diccionario, sin duda encontrarían su foto junto a ella. Articula hábilmente sus ideas durante las discusiones en clase, ofreciendo reflexiones profundas que enriquecen nuestro aprendizaje. Su pasión por la escritura brilla con la misma intensidad. Durante nuestra reciente lección sobre párrafos persuasivos, Rosita eligió convencer a los lectores de que el invierno es la mejor estación. Si bien siempre me ha encantado el verano, ¡su escrito casi me convence de cambiar de estación! Una hermosa frase que escribió fue: «La gente se acurruca junto al fuego, mientras la nieve cae a su alrededor y la emoción se convierte en alegría al abrir los regalos». ¡Díganme si eso no pinta una imagen de lo más acogedora! Rosita: ¡sigue compartiendo tu voz! Tienes tanto que expresar y todos tenemos mucho que aprender de ti.»

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