LA AVANZADA EDAD NO ES SINÓNIMO DE COBARDÍA


Loco-mbiano

A uno los demás le van sumando los años, y además, la de los del lado. Cuando hay dos o tres se burlan y dicen, aquí hay dos siglos o siglo y medio. Como si tener más de sesenta años fuera un chiste o una pesadilla o una afrenta. O, como si llegar a una edad por encima de la de los demás fuera un desafío.
Esa afirmación del título la oí en una película, de refilón. Y me hizo pensar. Porque cumplir años en compañía de los seres queridos, de excontertulios de trabajo o vecinos, o cumplir con nuevas metas fuera de un trabajo que obliga, también enaltece y llena de orgullo.
Por el hecho de que a una persona se le catalogue en la categoría de ciudadano de la tercera edad no quiere decir que ésta deba agachar la cabeza ni sentirse menos productivo o útil a la sociedad en que vive. Habrá gente que los trate como desocupados, seres distraídos, o cobardes para todo.
Día que pasa en Colombia y en el mundo es día en que se nota que el planeta envejece. No son solo los hombres o mujeres los que envejecen. Son, también, sus empresas, sus líderes, sus instituciones, sus paradigmas sociales y culturales. Y el mundo de los humanos y su entorno, en su conjunto.
Mientras los jóvenes se envanecen de sus desvaríos y los padres viven en un laberinto o burbuja, los viejos han empezado a reprogramar una nueva vida. Ellos están en una situación que los coloca en ventaja sobre la nueva sociedad global, deshumanizante. Ellos han llegado a la edad, verdaderamente madura. Están por fuera de esquemas rígidos, etiquetas formales o cultos vacuos o de buscar preeminencias en clubes, sociedades o la farándula.
No dependen ya de filosofías, ni grupos académicos, ni están apegados a formalismos o convenciones. Para ellos ha llegado la gaia ciencia de que hablaba Nietzsche. Saben a qué huelen las cosas, disfrutan cada objeto que encuentran y se afilian a la nueva profesión de contemplar y probar en silencio la vida. El ruido, la fanfarria, la competencia, los honores, no les interesan. Están por encima de esas fatuedades.
El anciano o mayor de edad, está por fuera de esas categorías. Más se parecen a Diógenes, Gandhi, a un santón chino o japonés que no se inmutan. Saben que todo se puede caer delante de ellos y ellos van a quedar incólumes. Ya no los toca el peligro de perder algo, de no alcanzar la riqueza o la gloria o el triunfo. Están en la completud casi suprema, han pasado el límite de la crisis. Comprenden el significado de la ataraxia, sin necesidad de beber un elíxir alquimista ni fumar un kalumé de vidrio. Ni necesitan cerrar los ojos para meditar y admirar la belleza interior de la vida.
Al viejo no se le podrá humillar diciendo que es un cobarde, que no se atreve, que pase la raya, que domine el mundo. La ancianidad es una etapa de felicidad, de levedad, de claridad serena.
Cuántos viejos he visto reírse de sí mismos, descansados, en alpargatas y sandalias, con el pelo al aire y caminar despacio o rápido, pero sin afán ni con el azogue atrás en su garganta.
28-01-14 11:37 a.m.



