Que llueva, que llueva con chontaduro y borojó


A un gesto de Dios retumban relámpagos sobre la tierra, y el agua de lluvia, como una pasión de amor contenida por la distancia, corre, serpentea, moja, empuja, muerde, destruye…
Y si nada lo contiene, todo se vuelve teatro de miserias.
Hay días que solo llueve por llover. Y el agua danza y juega sobre las horas del día como niña voluntariosa, como muchacho enamorado.
Lloviznitas coquetas de hilitos refrescantes o garuas interminables…
que con abrigo y sombrilla ignoramos, porque la vida tiene otros afanes.
Los chubascos son bipolares: a veces fugaces a veces perpetuos.
En día existencialistas mojan todo con un dejo de tristeza; en días soleados flirtean con las alegrías de la gente emprendedora.
Pero cuando llega el invierno la lluvia se deja ver en todas sus formas, ritmos, maneras, dimensiones… y hay momentos que se comporta como un espíritu perverso deseoso de tragedia y sufrimiento.
Los aguaceros en el Pacífico suelen ser una tortura.
Cuando se dijo llover por aquí, el agua lluvia no respeta, no pregunta, no pide permiso.
Es como la micción de un dios monstruoso en busca de preñar la tierra con toda su furia y ganas de dañar.
Aquí los aguaceros se vienen cargados de chontaduro y borojó y bajan ebrios de deseo a castigar como si no hubiera otro amanecer.
Y la tierra suele quedar preñada de inundaciones, desbordes, deslaves, avalanchas.
Y seguirá lloviendo.
¿Hasta cuándo?
Que llueva.
¿Hasta cuándo?
Ya nos acostumbramos.
Somo del Pacífico, tierra de cataclismos, relámpagos de sangre, explosiones por doquier.
Ah, pero eso sí… nunca jamás nos acostumbramos a la indiferencia de los oficinistas del Estado que ignoran el dolor de los mojados.
Imagen destacada: https://x.com/i/grok
Otras publicaciones de Marco Antonio Valencia Calle en Proclama del Pacífico:




