RECORRERLA PARA CONTARLA

Para Alonso Ramírez y Nohra Ruidíaz

Para nosotros sólo existía una en el mundo,
la vieja casa de los abuelos en Aracataca
donde tuve la suerte de nacer.
Gabriel García Márquez
“Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas sino el de la casa misma de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Es un sueño recurrente que todavía persiste. Más aún: todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa. No que he vuelto a ella, sino que estoy allí, sin edad y sin ningún motivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa vieja y enorme”. Estos son algunos de los recuerdos que nuestro nobel Gabriel García Márquez guardaba sobre su casa de infancia. Casa-útero, casa-origen, casa-tubérculo de su vida y de su escritura.
Aracataca. Un día de enero del 2026. Llegamos en plena edad del verano macondiano. La canícula golpeaba nuestros cuerpos, pero la emoción de visitar aquella tierra mítica con su casa plena de realidad mágica, origen de una obra monumental y exquisita, nos mantuvo con vigor en medio del manantial solar. Entonces, entendí totalmente la atmósfera caribeña de su obra.
“Aracataca, escribe Gabo en sus memorias, había nacido como un caserío chimila, y entró en la historia con el pie izquierdo como un remoto corregimiento sin Dios ni ley del municipio de Ciénaga, más envilecido que acaudalado por la fiebre del banano. Su nombre no es de pueblo sino de río, que se dice ara en lengua chimila, y Cataca, que es la palabra con que la comunidad conocía al que mandaba. Por eso entre nativos no la llamamos Aracataca sino como debe ser: Cataca”.
Y allí estábamos. Caminamos las calles, transitamos por sus parques, hasta llegar a la “casa lunática”, ese mundo de los abuelos donde tuvo suerte de nacer y de vivir de niño Gabriel José de la Concordia García Márquez. Los Márquez Iguarán adquirieron la casa en 1912. Fue vendida en 1950 y después de varios propietarios, la Universidad del Magdalena lideró su reconstrucción. Fue abierta al público como casa museo el 25 de marzo de 2010. Su reconstrucción se realizó tal como Gabo la retrata en sus memorias Vivir para Contarla. Recorrimos todos esos recintos, asimilando palmo a palmo la poética de sus espacios. Según relata en sus memorias, existieron por lo menos tres casas “que cambiaban de forma y sentido, según quien la contara”. La original fue un rancho de indios; “la segunda, construida por los abuelos, era de bahareque y techos de palma amarga (…) Esta fue reducida a cenizas por un cohete que cayó en la techumbre de palma durante las celebraciones de un 20 de julio, día de la Independencia de quién sabe cuál año de tantas guerras (…) Sobre los escombros todavía calientes construyó la familia su refugio definitivo. Una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas, a lo largo de un comedor con un pasamanos de begonias donde se sentaban las mujeres de la familia a bordar en bastidor y a conversar en la fresca de la tarde. Los cuartos eran simples y no se distinguían entre sí, pero me bastó con una mirada para darme cuenta de que en cada uno de sus incontables detalles había un instante crucial de mi vida”.

El coronel había llegado en 1910 al pueblo con su esposa Tranquilina y sus hijos Juan de Dios, Margarita María Miniata de Alacoque y Luisa Santiaga, que tenía cinco años, futura madre de Gabo. Escapaba de la venganza de los familiares de Medardo Pacheco, después de haberle dado muerte en un duelo de honor en Barrancas, Guajira, en 1908.
Pasamos por el despacho donde su abuelo materno Nicolás Ricardo Márquez Mejía recibía a los amigos. Vimos el diccionario que éste consultaba cuando no sabía dar respuesta a las inquietudes de su nieto: “Vamos a ver qué dice el diccionario”, murmuraba.

Un poco más adelante, nos topamos con el taller de platería, “refugio para el goce solitario del trabajo artesanal” de este veterano de guerra, ascendido a coronel por su heroísmo en el combate de Riohacha en 1895, y que participó en la Guerra de los Mil Días bajo el mando del general Rafael Uribe Uribe, jefe de las tropas liberales en la Costa Caribe. En ese cuarto, leímos que “se pasaba horas fabricando pescaditos de oro con cuerpo articulado y ojos de esmeraldas, mientras su nieto se entretenía rayando con lápices de colores la pared que él mismo había ordenado preparar para que el niño tuviera donde dibujar a sus anchas, y lo confirma Gabo en sus memorias: “me compró lápices de colores, y más tarde un estuche de acuarelas para que pintara a gusto mientras él fabricaba sus célebres pescaditos de oro”.

En silencio entramos a la habitación donde varios de sus parientes se fueron despidiendo de este mundo: la tía Wenefrida Márquez, hermana del coronel, y Petra, que como fantasmas rondaban quejándose y llorando por todos los rincones de la casa. “Los duendes allí siempre silban. A cada rato los siento”, se lee en una de sus paredes. Para la abuela Tranquilina, cuya familia era oriunda de la Guajira, los muertos y los vivos se comunicaban. Para ella, entre la realidad y los sueños no existían fronteras, la fantasía y lo cotidiano se entremezclaban. “En la noche se materializaban, dice Gabo, todas las fantasías, presagios y evocaciones de mi abuela. Esa era mi relación con ella: una especie de cordón invisible mediante el cual nos comunicábamos ambos con un universo sobrenatural. De día, el mundo mágico de la abuela me resultaba fascinante, vivía dentro de él, era mi mundo propio. Pero en la noche me causaba terror”.
El comedor se convertía en puente entre la vida familiar y el mundo exterior; era un vaso comunicante entre mujeres y hombres, sitio de encuentro, de diálogo y de integración comunitaria. “El comedor era apenas un tramo ensanchado del corredor con la baranda donde las mujeres de la casa se sentaban a coser, y una mesa para dieciséis comensales previstos o inesperados que llegaban a diario en el tren de mediodía”, recuerda Gabo en sus memorias. Mientras “la cocina siempre estaba preparada por orden de la abuela Tranquilina, para recibir a los visitantes con diversidad de platos y bebidas”, como una Úrsula Iguarán y la Mama Grande en su casa de Macondo.
En la “sala de recibo”, junto al comedor, la cual estaba al cuidado de las mujeres, nos imaginamos a los vecinos, visitantes, parientes y amigos dialogando largas horas y al niño Gabriel escuchándolos e inventariando sus asombros. “Las visitas cotidianas se atendían con cerveza helada en la oficina, si eran hombres, o en el comedor de las begonias, si eran mujeres. Allí empezaba el mundo mítico de los dormitorios. Primero el de los abuelos, con una puerta grande hacia el jardín, y un grabado de flores de madera con la fecha de la construcción: 1925. Allí, sin ningún anuncio mi madre me dio la sorpresa menos pensada con un énfasis triunfal: – ¡Y aquí naciste tú!”.
De modo que ingresamos a la primera habitación que tuvo Gabo donde se grabaron las primeras sensaciones y emociones en su infancia, el afecto de su abuela, los olores de la casa, las voces de sus seres queridos que lo rodeaban, los instantes que luego fueron eternizados. “Al fondo del corredor, apunta Gabo, había dos cuartos que me estaban prohibidos. En el primero vivía mi prima Sara Emilia Márquez, una hija de mi tío Juan de Dios antes de su matrimonio, que fue criada por los abuelos. Además de una prestancia natural desde muy niña, tenía una personalidad fuerte que me abrió mis primeros apetitos literarios con una preciosa colección de cuentos de Calleja, ilustrados a todo color, a la que nunca me dio acceso por temor de que se la desordenara. Fue mi primera y amarga frustración de escritor”.

Inmediato a este trasegar por sus mitos y secretos, llegamos al último cuarto, el de San Alejo, donde se guardaban las cosas para el no recuerdo. “El último cuarto, anota Gabo, era un depósito de trastos y baúles jubilados, que mantuvieron en vilo mi curiosidad durante años, pero que nunca me dejaron explorar. Más tarde supe que allí estaban también las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa”.
En la cocina encontramos esos “anafes primitivos de piedras calcinadas y el gran horno de obra de la abuela, panadera y repostera de oficio, cuyos animalitos de caramelo saturaban el amanecer con su aroma suculento».
Cuando salimos al extenso patio, un poderoso árbol de pivijay o higuerón nos acogió bajo su sombra, aunque en la infancia de Gabo, había un castaño que, según él, era “el árbol más frondoso y hospitalario (…) al margen del mundo y el tiempo, bajo cuyas frondas arcaicas debieron de morir orinando más de dos coroneles jubilados de tantas Guerras civiles del siglo anterior”.
Esta es la casa que visitamos. Fue como haber conocido el génesis de Macondo, sus entrañables y extraños ritos de iniciación. Recordé varios sucesos de sus novelas y cuentos. Supe que, en esta casa, Gabo encontró casi todos sus enigmas, los misteriosos personajes, su mágica fabulación hecha vivencia desde niño, casa que fue origen de su genialidad narradora. Entonces, nos pareció ver a nuestro nobel caminando de nuevo por todos los cuartos diciendo: “no puedo imaginarme un medio familiar más propio para mi vocación que aquella casa lunática, en especial por el carácter de las numerosas mujeres que me criaron”.

Así que salimos a la canícula de Aracataca celebrando sus palabras, agradeciéndole por habernos dejado su aliento y su vivencia en esa inmensa obra que surgió bajo este poderoso y festivo sol caribeño para alegría del mundo.
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