La verdad afrentosa


“Los hombres olvidaron su origen y decidieron grabar la guerra, su rabia y su odio en nuestros cuerpos”. Gabriela, víctima de violencia sexual.
Es tan humillante y vergonzoso el raudal de actos violentos contra la integridad femenina en Colombia, que debemos hurgar sin descanso en lo escalofriante de su magnitud y sus características. Lo peor de todo es la indiferencia que lo ronda y aun la complicidad latente o manifiesta. En nuestros medios de comunicación copan más espacio las acrobacias de los políticos o las frivolidades faranduleras que esta destrucción sistemática del alma nacional.
Más allá de estadísticas que parecen recabadas en las primeras cavernas: cada 6 horas una mujer abusada en Colombia como resultado del conflicto. Entre 2001 y 2009 más de 26.000 mujeres embarazadas por violación. Más de 1.950.000 desplazadas y un total de 514 feminicidios en el primer semestre del 2013. Valle del Cauca, Antioquia, Bogotá, Atlántico, Norte de Santander y Cundinamarca, son los reyes del paseo. En éstas y otras escalofriantes manifestaciones de la manera cómo jadean nuestros machos (que no nuestros hombres), yace un drama cuya siniestra catadura imposibilita cualquier intento de barnizar esta manifestación de atraso milenario que de una sola coz echa por tierra la tan cacareada racionalización de la criatura humana.
El lodazal exhibe una capacidad sobrehumana de mimetización y ubicuidad. Luce frac o ruana, alpargatas o zapatos de marca, dejo campesino o retórica académica. Le dan sombra el padre, el abuelo, el vecino, el hermano, el asaltante callejero. Ahí se incuban las cancioncillas y aforismos morbosos, los piropos que apestan, el rango que exhiben las promiscuidades masculinas y la jactancia que se hace de ellas. Ahí babean las secreciones del senador Roberto Gerlein y sus patéticas evocaciones vaginales; las vallenaterías del Cacique de la Junta; las palizas palpables o invisibles inferidas a la dama por un caballero de músculos, cobardía e ignorancia inexpugnables. ¿Será la creciente deuda física y espiritual contraída por las recursivas féminas con el contingente menos dotado de la humanidad? ¿Por ventura el supremo Arquitecto, con la costilla que le birló sin anestesia en las praderas del edén, también le rapó una porción considerable de sesera?
El meollo del asunto reside en una incoherencia atómica entre lo que es y lo que se dice cómo es. La mezcolanza amasada con aullidos sexuales y honor masculino, tatuó sobre su espalda un sofisma con categoría de verdad revelada y convirtió sus días en inútil batalla contra la corriente. Por eso ruge, impreca, golpea, insulta, asesina; se conforma con la superficie haciendo a un lado el sustrato para encallar en exigencias amatorias tan exiguas como granos de maíz.
Ya es hora de que hombres y mujeres sepamos que la moral como patrón de vida no es de exclusividad femenina. Que el hijo es el resultado de una coautoría obligante y que cuando el hombre renuncia al derecho de reconocer su complementariedad en la misión humana, se vuelve irresponsable y pierde la única oportunidad de crecer. Mientras el imaginario del gobierno corresponda a esta concepción unilateral de la política y sus bondades se derramen en una sola orilla, seguiremos caminando en una pierna y el cojo no camina o lo hace dando tumbos.
Plausibles los diálogos de La Habana (a pesar de la ausencia femenina); los logros científicos y académicos, la pincelada ética impartida por el gobierno a algunas de sus realizaciones. Pero sería aconsejable que el varón aceptara de una buena vez que es de seres inteligentes y hasta pragmáticos hacer lo posible para conservar en buen estado al único espécimen compatible con su desvalida estructura en el planeta tierra.



