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Lunes, 5 de octubre de 2026

CARTA AL DILECTO SEÑOR ROUSSEAU

CARTA AL DILECTO SEÑOR ROUSSEAU
CARTA AL DILECTO SEÑOR ROUSSEAU
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Por Emilio José Idrobo Enríquez / Debo confesar que es usted de mis autores predilectos, y, no son pocas las razones para justificar dicha predilección. Podría dar dos: primero, me gustan los autores clásicos y usted es uno de ellos. Un clásico de la filosofía política diría con alborozo un filósofo, un abogado o un politólogo desprevenido. Y sí, tienen razón; sus reflexiones en torno al Estado y las formas de gobierno fueron un faro que iluminó al iluminismo o la ilustración- la época que intelectualmente tuvo a bien parirlo-, o quizás pudo haber sido al revés.

Segundo, como todo buen clásico que es, sus ideas han sobrevivido al debate de todos los tiempos, es usted un autor para leer y releer y cada nueva lectura lleva al asombro de la primera vez, pareciera no repetirse, o como dijera Ítalo Calvino: “Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Tal es la sensación que su obra provoca.

No obstante estas dos razones serían un lugar común, porque usted fue mucho más que un teórico de la política moderna, su bagaje intelectual lo llevó a escribir de muchas cosas, de teatro, de pedagogía, de economía, de Derecho constitucional, escribió novelas, poesía y varias autobiografías, precisamente en una de ellas, Las Confesiones, usted confiesa que tuvo dos pasiones en la vida: las mujeres y la música, la segunda “menos fogosa que la primera”.

Tanto es así que escribió sobre Crítica y Teoría musical, tuvo por oficio el ser copista de partituras y dio clases particulares de música y compuso una que otra obra: motetes, canciones y sobre todo dos óperas ballets, El Adivino de Aldea y Las Musas Galantes.

Como compositor y como crítico musical fue usted un iconoclasta, se atrevió a desafiar los cánones establecidos de la música occidental, criticó a los críticos de arte que trabajaban en los salones bajo el auspicio de grandes mecenas, -de hecho, siendo usted hijo de la Ilustración se atrevió a cuestionarla ante el famoso concurso de la Academia de Dijon, para el del año siguiente fue proscrito- y dicen también algunos que, es usted el padre de la etnografía y la etnomusicología, pues aseguran que usted abrió la posibilidad de conocer, comparar y valorar en sí misma la música de otra latitudes que no fuera Europa, al punto que para usted un simple sonido percutido producido por un tallo de bambú o un pedazo de chonta, y hasta un grito o un maullido serían tan importantes como la más refinada aria. Y es que usted se haría famoso también por idealizar la imagen del buen salvaje mientras muchos de sus contemporáneos los representaran como seres extraños, sin alma, sin cualidades humanas y mucho menos estéticas. Señor Rousseau definitivamente, ¡es usted uno de los grandes únicos de la historia del pensamiento y la cultura universal!

RESPUESTA A LA CARTA

Estimado Lector

Nunca temió mi alma la desvergüenza de los críticos de arte que frecuentaban esos fastuosos salones de mecenas como La Poupliniére, ni temía contrariar los lineamientos de la Monarquía a través de su regente de espectáculos públicos, el temido Richelieu (que aquí entre nos era amante de Marie- Therese, la mujer de aquel) ni siquiera temía ser despreciado- como en efecto ocurrió- por El Gran Rameau, Si Rameau, ese a quien mi espíritu pueril de músico amateur admiraba con ferviente devoción y que por tal razón me esmeré en componer en su honor para agradar su corazón, mi ópera ballet Las Musas Galantes (que usted refiere en su epístola) que desde un principio desdeñó escuchar su representación en el salón de La Poupliniére, accedió ya porque no tenía opción de desatender la orden de su mecenas y a su vez marido de una de sus alumnas que mejor pagaba por sus clases de clavecín.

El juicio que tan dilecto señor hiciera de mi obra –quien para la época ya pasaba de los sesenta años- no fue el mejor, criticó absolutamente todo, tanto lo vocal como lo instrumental, nada de la obra se salvó de sus fauces de viejo lobo. Pero esto no amilanó mi espíritu, como tampoco la réplica que de aquel peyorativo juicio hiciese Diderot en una novelita lisonjera llamada, El sobrino de Rameau, cito lo pertinente,: “ … ese célebre músico que nos liberó del canto llano de Lulli que salmodiábamos desde hacía más de un siglo; que ha escrito tantas visiones ininteligibles y verdades apocalípticas sobre la teoría de la música de las que ni él ni nadie comprendió nunca nada, y de quien poseemos cierto número de óperas en las que hay armonía, fragmentos de cantos, ideas deshilvanadas, estruendos, vuelos, triunfos, lanzas, glorias, murmullos, victorias hasta más no poder; aires bailables que durarán eternamente y quien, tras de haber enterrado al florentino, nacido en Florencia[i] será el mismo enterrado por los virtuosos italianos, cosa que él presentía, y le volvía sombrío, triste, huraño; porque nadie tiene tan mal humor, ni siquiera una mujer hermosa que amanece con un grano en la nariz, como un autor amenazado de sobrevivir a su fama”[ii] ¡Vaya miserable, zaragatero y lambón!.

Tampoco amilanó mi ánimo el involucrarme en la querella de los bufones, es más eso hasta me enorgulleció.

No, ya le dije que mi espíritu juvenil estaba curtido para el desprecio. Para lo que no estaba acostumbrado era para aceptar la calumnia, el sexagenario tuvo la osadía de acusarme de plagiar la música italiana, por eso querido amigo, me dediqué a fustigarlo a él fustigando la música francesa moderna, es que ¡Rameau era la música francesa moderna!

Para finalizar, déjeme decirle que nunca estuvo dentro de mis ambiciones ser el inventor de la etnografía o la etnomusicología, solo quería des fetichizar el universalismo musical de la Europa de mi época, pero eso no quiere decir en modo alguno, que sea partidario de un “relativismo del arte”.

Hace poco me llegaron noticias de un muchacho desaliñado con acento boricua, su edad promediaba los treinta años, jamás había oído hablar de él, era un ´perfecto desconocido, su nombre artístico era Bud Bunny, insistió en que deseaba lisonjearme con su obra, pues era yo el músico a quien su espíritu pueril de músico amateur él mas admiraba.

La verdad, hubiese preferido no oírlo jamás, no se sabe que fue peor en su composición, si lo vocal o lo instrumental, de su diafragma o de su nariz más bien, salieron unos maullidos ininteligibles, ideas deshilvanadas, estruendos, en fin, solo aires bailables pero de forma a rítmica y justo en ese momento, como si se tratara del final de mi vida, mi mente trajo imágenes convulsas como en flash back que me devolvieron a la primavera del año 1752.

Dadas las temáticas tratadas en este intercambio epistolar, me surgen las siguientes preguntas para la reflexión:

¿Fue Rousseau el reguetonero de la música francesa moderna en los estertores del Antiguo Régimen?
¿Son los reguetoneros artistas sub valorados por la crítica musical del siglo XXI?
¿Así como Rousseau (con sus cambios a la teoría musical) se considera un precursor de la música romántica, serán los reguetoneros una especia de reformistas (para bien) de la música por venir?
¿Somos injustos en nuestro juicio de valor a los reguetoneros, cuando en realidad ellos le apuestan más a la emotividad en la música, como en algún momento lo sintió Rousseau?
¿Por qué a Rousseau no se le rinde el homenaje que merece en el festival Petronio Álvarez?

[i] Se trata de Lulli o Lully (1632-1687)

[ii] Diderot, El sobrino de Rameau, 2003, pp 70-71.