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Domingo, 4 de octubre de 2026
miércoles 18 diciembre, 2013 a las 8:37 am

Con lo tronco que fui

Diogenes Diaz Carabalí 2
Diogenes Diaz Carabalí 2
Diógenes Díaz Carabalí

Con lo tronco que fui, no sé cómo pude aficionarme al fútbol, un deporte que causa tragedias, lleva a la hilaridad, a la emoción sin límite. Hace consumir las uñas, desboca los ánimos, radicaliza hasta el límite de hacer que el equipo rival sea un fracaso, así logre los triunfos que al nuestro son esquivos. Con pasión desbordada, conduce al hincha furibundo al desconocimiento de la semejanza, sociólogos y psicólogos se han quedado con la boca abierta sin posibilidad de interpretar las reacciones en masa que provoca.

En realidad no tuve puesto fijo como jugador. Alguna vez, con lo tronco que era, repito, me pusieron de centro delantero, y de chiripa marqué un gol de media chalaca. Es un iluminado, dijeron mis amigos. El resto del campeonato no hice sino torpezas, y desde entonces no me volvieron a llamar al equipo. Me dejaban jugar en los amistosos, en los picados de recocha como puntero derecho, pero mis desplazamientos en profundidad no pasaron de ser una desaforada carrera, no tomaba la pelota, nadie me la pasaba. Me tocó comprar un balón y, ahí sí, tenían que meterme aunque fuera de estorbo izquierdo, de lo contrario con el balón a casa me marchaba. Para lo único que servía era de naranjero de arco.

El otro detalle es que a mi madre no le gustaba que apareciera frente a ella con la ropa hecha un desastre, los zapatos rotos, los tenis despegados, razón suficiente para recibir el “te he dicho…”, “no tienes ninguna consideración…”, “si sigues así, no vas a llegar a ninguna parte…” premonitorios, y de sus manos unos cuantos zurriagazos, con toda razón porque nunca la escuché, jamás le tuve la debida consideración, a ninguna parte he llegado.

¿Entonces cómo, con esos antecedentes, me hice hincha del fútbol? ¿Cómo es que desbordado de pasión y con suma ansiedad espero los partidos de mi equipo, lloro con sus derrotas y sus triunfos? ¿Cómo es que mi selección me hace escuchar radio toda la semana, que me entere minuto a minuto de sus actividades, desde lo frívolo de sus jugadores hasta las entramadas estrategias del técnico? ¿Cómo es que me siento ante el televisor con la seguridad del triunfo, salto sobre la silla con los goles hasta romperla, loco grito con los triunfos o rabioso insulto a técnico y jugadores con las derrotas?

No hay una explicación muy clara para el fútbol, para la emoción colectiva que produce el espectáculo de las jugadas prodigiosas. Ante los partidos olvido las crisis del momento, un partido de fútbol cura las heridas causadas por los desastres, supera los fracasos personales, está por encima de los afectos. El fútbol me hace opinar sobre las mejores opciones para mi equipo así nadie me escuche, vuelve estrella un jugador así provenga del equipo más antipático. En mi equipo sí es bueno. El fútbol es un espectáculo radical, que no permite las medias emociones.

El fútbol muchas veces causa secuelas negativas, revela comportamientos antisociales, muestra un dogmatismo impulsivo para victimizar al hincha rival, enloquece, radicaliza, presume, altera sentimientos, hace sentir invencible así no se tenga claro cómo se ha ido metiendo en la sangre para circular con ella. Hace volver masoquista porque, como en mi caso, hincha de un equipo de la cola, no me importa. Y me emocionan sus empates.

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