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domingo 24 agosto, 2025 a las 9:06 pm

La inutilidad de la guerra

La inutilidad de la guerra
Stella Ramirez Granobles
Por Stella Ramirez Granobles

La guerra ha acompañado a la humanidad desde sus primeros pasos, como una sombra tenaz que se oculta tras banderas, himnos y discursos solemnes. Se la ha justificado en nombre de la defensa, de la libertad, de la patria. Se la ha pintado de heroísmo para ocultar su verdadera naturaleza: un fracaso humano disfrazado de gloria.

Lo cierto es que ninguna guerra ha sido útil. Ninguna. Tras cada batalla, lo que permanece no son las promesas de victoria, sino los cementerios repletos de jóvenes que nunca volverán, las ciudades reducidas a escombros, las familias fracturadas por ausencias irreparables. Los que declaran la guerra rara vez pisan el campo de batalla; son los pueblos los que cargan con el peso de las decisiones tomadas en salones cómodos y lejanos.

La guerra es inútil porque nunca resuelve las causas que la originan. La ambición, la injusticia, el miedo o el odio no desaparecen cuando callan los fusiles. Por el contrario, sobreviven disfrazados de resentimiento y quedan sembrados como semillas de nuevos conflictos. Cada guerra, aunque se presente como la última, no es más que la antesala de otra.

La inutilidad de la guerra
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Es inútil también porque roba lo más sagrado: el tiempo. El tiempo de quienes mueren antes de vivir, de quienes esperan noticias que nunca llegan, de quienes heredan memorias de dolor que no les pertenecían. La guerra no solo arrebata vidas, arrebata futuros.

La supuesta victoria que deja no es más que un silencio lleno de fantasmas. Se proclaman triunfos en los palacios y se escriben himnos en los libros de historia, pero en los corazones lo que queda es la cicatriz, el vacío, la certeza de que todo pudo haber sido distinto. Ninguna medalla devuelve a un hijo, ninguna frontera defendida justifica la orfandad de un niño, ninguna bandera ondea sobre las tumbas con la dignidad que promete.

La inutilidad de la guerra es tan evidente que su único aprendizaje verdadero debería ser su renuncia. El verdadero coraje no está en disparar, sino en negarse a hacerlo; no en conquistar territorios, sino en conquistar la paz.

Porque lo único que la guerra multiplica son las ausencias, y lo único que siembra con certeza es dolor. Todo lo demás es mentira. Y llegará el día en que los pueblos entiendan que el mayor triunfo humano no será la victoria en una guerra, sino la decisión irrevocable de no volver a empezarla.

Hoy en Colombia, mientras algunos claman por llevar a las urnas la derogación del acuerdo de paz —ese que más que bien ha llamado a la civilidad a miles de excombatientes—, conviene recordarlo: la guerra es más rentable que la paz. Rentable para quienes comercian con armas, para quienes convierten el miedo en negocio, para quienes nunca han puesto el cuerpo, pero siempre cobran la ganancia. Rentable para los pocos, pero ruina para el pueblo.

La paz no es un lujo ni una concesión: es la única victoria que vale la pena defender, porque todo lo demás —la guerra, sus discursos, sus héroes de papel— no es más que una farsa sangrienta.

Colombia es el único país que impide que el pueblo vaya a las urnas para votar unas reformas sociales pero, llama a las urnas para acabar con un acuerdo de paz y que siga la guerra.

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