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Viernes, 9 de octubre de 2026

Los que empuñaron el bastón y el fusil

Los que empuñaron el bastón y el fusil 2
Hacer Memoria
Batallas de Independencia
La Guerrilla del Quintín Lame

Keshava Lìévano

Por las veredas altas del Cauca todavía hay quienes recuerdan los días en que los jóvenes bajaban al pueblo con los rostros pintados y las mochilas llenas de balas. Algunos decían que se iban a cuidar el territorio. Otros, que se iban a vengar. Pero todos sabían que caminaban tras una herencia más antigua que la patria misma.

En esas montañas, donde el viento habla en nasa y el café se tuesta lento, nació una guerrilla distinta. No quería tomarse el poder en Bogotá. No soñaba con asaltar los bancos. No buscaba adoctrinar campesinos. El Movimiento Armado Quintín Lame se formó para proteger la tierra. Su causa era el territorio, su bandera, la autonomía.

La raíz

Los que empuñaron el bastón y el fusil

Para entender el nacimiento del Quintín Lame, hay que escarbar más atrás que 1983. Hay que volver al siglo XVI, cuando un niño indígena nacido de una laguna —Juan Tama de la Estrella— caminó entre páramos fundando pueblos. Era un líder espiritual, un diplomático natural. Con bastón y túnica blanca, selló acuerdos con los colonizadores para proteger los resguardos indígenas. Fue, en cierto modo, el primer constituyente del pueblo nasa.

Tres siglos después, en 1880, nació en Ortega (Tolima) otro rebelde. Manuel Quintín Lame Chantre. Indígena nasa-misak. Fue campesino, vaquero, soldado, hasta que se convirtió en defensor de los derechos indígenas. Enfrentó a hacendados, abogados y militares. Fundó la efímera República Indígena del Tolima. Lo encarcelaron. Lo torturaron. Pero escribió un libro que sería semilla: El pensamiento del indio que se educó en las selvas colombianas. Un manifiesto de desobediencia antes del marxismo y la guerrilla.

Los que empuñaron el bastón y el fusil

A estos nombres —Juan Tama, Quintín Lame— los indígenas del Cauca no los recitan como historia oficial, sino como memoria viva. Son parte de su linaje. De su lucha.

Más tarde la historia del siglo XX indígena en Colombia fue, sobre todo, una historia de despojo. La Ley de Tierras de 1936 facilitó el arrebato legal de resguardos. Los cabildos tradicionales fueron debilitados. El mestizaje forzado disfrazó el racismo. En las fincas del Cauca, los indígenas cultivaban café y caña para otros, sin derechos sobre el suelo que pisaban.

En 1971, siete comunidades indígenas se cansaron. Fundaron el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), con un lema que aún retumba en los murales de las escuelas rurales:

“¡Recuperar la tierra! ¡Ampliar los resguardos! ¡Fortalecer los cabildos! ¡No pagar terraje!”

Comenzaron las recuperaciones de tierras, acciones directas para tomar fincas que antes fueron territorios ancestrales. Algunas fueron pacíficas. Otras, no. La respuesta del Estado fue brutal: represión, cárcel, desapariciones. Y entonces, como respuesta, algunos jóvenes del movimiento indígena decidieron cruzar un umbral peligroso: el del fusil.

En 1984: la montaña toma la palabra

El Movimiento Armado Quintín Lame nació entre las montañas de Caldono, Toribío y Jambaló. Su composición: indígenas nasa, misak y algunos mestizos. Su inspiración: la lucha por el territorio. Su diferencia con las FARC, el ELN o el M-19 era clara: no querían el poder para sí, sino proteger el poder comunitario.

Su estructura era flexible. Las decisiones se consultaban con los mayores, los jaibanás, los cabildos. A veces, antes de una acción armada, se pedía permiso a los espíritus del agua o de la montaña. Los combatientes cargaban fusiles, pero también cargaban coca, semillas, bastones.

Algunos los llamaron terroristas. Otros, justicieros. Pero para muchas comunidades eran simplemente guardianes.

No tenían bases urbanas ni grandes finanzas. Su operación era defensiva. Actuaban cuando había amenazas a los territorios, o cuando un líder era asesinado por paramilitares o el Ejército.

Sus alianzas eran pragmáticas. Tuvieron contacto con el M-19 y en algunos momentos compartieron acciones. Pero su identidad era otra. Eran un movimiento indígena armado, no una guerrilla nacional.

En 1991: la palabra reemplazó al fusil

Mientras otros grupos alzados buscaban amnistías y cargos políticos, el Quintín Lame vio una oportunidad distinta: la Constitución.

El gobierno de César Gaviria impulsó un proceso constituyente. Se abrieron las puertas para que sectores sociales históricamente excluidos tuvieran voz. El Quintín Lame entró a conversar. Y desde la montaña llegaron a la mesa. No exigieron curules. Exigieron reconocimiento.

En mayo de 1991, en una ceremonia sencilla pero cargada de simbolismo, el MAQL entregó sus armas. Eran apenas unos 130 combatientes. Pero lo que entregaban no era derrota: era transición.

Uno de sus delegados, Germán Enrique Valencia, participó en la Asamblea Nacional Constituyente, y desde allí ayudó a sembrar los artículos que hoy protegen los derechos de los pueblos indígenas en Colombia:

  • La jurisdicción indígena.
  • El reconocimiento de lenguas propias.
  • El derecho a la consulta previa.
  • La garantía del territorio ancestral.

Fue, quizás, el único grupo guerrillero colombiano que logró transformar la violencia en palabra sin traicionar su origen comunitario.

El legado: entre el fuego y la semilla

Treinta años después, la historia del Quintín Lame no aparece en los libros escolares. No hay homenajes en las plazas. No hay estatuas en Bogotá. Pero en las montañas del Cauca, su legado está vivo.

Sus antiguos combatientes son hoy líderes comunitarios, sabedores, educadores, guardianes del territorio.

Muchos se integraron al CRIC, a la Guardia Indígena, a las mingas de paz.

Las armas quedaron atrás. Pero la causa sigue intacta: la defensa de la tierra como madre, como casa, como cuerpo.

Porque el Quintín Lame no fue una guerrilla como las otras. Fue, en palabras de una lideresa en Toribío:

“Una respuesta con pólvora a un despojo sin fin.
Un relámpago indígena que cruzó la guerra
sin perder la memoria, ni la palabra”.


Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
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