Adiós

Adiós

Escribo mi última columna de opinión. Me voy de la esfera de la opinión pública.
Comencé a escribir cuando tenía 15 años en el periódico escolar “El Vistazo”. Nelson García, mi profesor de literatura en el colegio Instituto Técnico, me mostró el camino. En el transcurso de mi vida hubo otros profesores que me enseñaron a mejorar.
Cuando era estudiante de historia en la Universidad del Valle, Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo y María Teresa Findji me motivaron. Más tarde, cursando la maestría en ciencia política, Rodrigo Romero y Carlo Nasi, me reforzaron el ejercicio.
Quien ha estado siempre presente es Delfín Ignacio Grueso Vanegas. Un verdadero maestro. Él me enseñó que la escritura es un poderoso vehículo para defender la libertad y la vida.
Poco a poco fui mejorando (eso creo). Escribir es un acto de subsistencia que me ha permitido exponer y defender mis ideas. También, un acto de purgación. Agradezco a Proclama del Pacífico por haberme aguantado más de dos décadas abriendome un espacio semanal en el periódico.
Ya han pasado 45 años. Era bastante optimista. Hoy la esperanza ha sido sustituida por la rabia.
Rabia por los políticos, que cada vez son más ineptos, corruptos y arrogantes, que no quisieron comprender que la política tiene como fin garantizar el bien común y las condiciones sociales que permiten a los ciudadanos llevar una vida decente y feliz.
Rabia por los ciudadanos cada vez más analfabetos, ciegos y menos solidarios, que no quisieron comprender que vivir en sociedad requiere un sinnúmero de modos, creencias y comportamientos para participar activamente y ser cada día mejores seres humanos.
Tal y como yo lo veo, sufrió un síncope de optimismo. Por un lado, no confió en los políticos que gobiernan. Y, por otro lado, asisto al sepelio de una ciudadanía cada día más preocupada por la banalidad, el dinero, la fama, que no entendió para qué sirven los derechos y los deberes.
Por ahora me quedo en casa. No por ello dejaré de tomar café, practicar running, leer y escribir mis notas privadas. Tal vez el día de mi muerte una de mis hijas las desempolve y diga, “el viejo murió escéptico, pero resistiendo en privado”.
Adiós.
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