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Sábado, 3 de octubre de 2026

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¿Quién es la verdadera amenaza? Una reflexión sobre la memoria, la hipocresía internacional y el poder militar de Estados Unidos

Keshava Lìévano
Por Keshava Liévano

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha sido testigo de un patrón de intervenciones militares por parte de los Estados Unidos que ha dejado una profunda huella en más de treinta países. Bombardeos, invasiones, derrocamientos de gobiernos y guerras prolongadas han sido llevadas a cabo en nombre de la democracia, la seguridad nacional o la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, cuando otras naciones responden a ataques o buscan ejercer su soberanía, son rápidamente etiquetadas como amenazas globales. Esta doble moral, impuesta por la maquinaria mediática y diplomática occidental, ha sido recientemente denunciada con firmeza por la Embajada de China en Moscú, a través de una lista de países víctimas de la intervención militar estadounidense.

La lista incluye países como Japón (bombardeado con armas nucleares en 1945), Corea, Vietnam, Camboya, Laos, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yemen, entre muchos otros. No se trata de una lista anecdótica ni de un simple acto de propaganda: es un documento político y moral que busca confrontar al mundo con su silencio. Mientras Estados Unidos y sus aliados condenan con vehemencia cualquier acto de respuesta por parte de países como Irán, permanecen callados frente a décadas de agresiones por parte de la superpotencia occidental.

Hacer Memoria

Estados Unidos ha ejercido su poder militar desde el siglo XIX, con la invasión a México (1846–1848) y la guerra contra España (1898), que le permitió ocupar Puerto Rico, Cuba y Filipinas. Durante la primera mitad del siglo XX, ocupó Haití, Nicaragua, la República Dominicana y participó en acciones militares en China y México. Después de la Segunda Guerra Mundial, el intervencionismo se intensificó y se volvió global. Desde Asia hasta América Latina, África y Medio Oriente, los Estados Unidos han desplegado fuerzas armadas, drones, misiles, tropas especiales y operaciones encubiertas en nombre de la estabilidad mundial.

Y así va el rosario de las agresiones de la USA que abusa:

Asia: Japón (1945), Corea (1950–1953), Vietnam (1961–1973), Laos y Camboya (bombardeos masivos), Afganistán (2001–2021), Pakistán y Siria (drones y ataques aéreos), China (intervenciones menores).

América Latina: Guatemala (1954), Cuba (1961), Chile (1973), Nicaragua y El Salvador (décadas de 1980), Panamá (1989), Granada (1983), Haití (1994 y 2004).

África y Medio Oriente: Libia (1986 y 2011), Irak (1991, 2003), Irán (1953 y 1987), Sudán (1998), Somalia (1993, 2007), Yemen (2002–2024), Líbano (1983).

Silencios convenientes: la comunidad internacional y la doble moral.

El punto más crítico no es solo el historial de violencia, sino la ausencia de consecuencias. ¿Se ha sancionado alguna vez a Estados Unidos por estas acciones? ¿Se ha levantado la llamada “comunidad internacional” en defensa de los pueblos agredidos? La respuesta es, en la mayoría de los casos, un rotundo no. Incluso cuando las intervenciones han resultado en desastres humanitarios, regímenes autoritarios o guerras civiles prolongadas, las instituciones internacionales han mantenido una actitud tímida, ambigua o complaciente.

Las voces que sí se han levantado —intelectuales, movimientos sociales, periodistas, pueblos enteros— han sido sistemáticamente silenciadas o deslegitimadas. Las protestas contra la guerra de Vietnam, las manifestaciones globales contra la invasión de Irak en 2003, las denuncias de organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional han quedado como testimonios de una conciencia moral disidente, pero sin capacidad para detener la maquinaria bélica.

El mensaje de China es un llamado a la memoria y la coherencia

Frente a la condena internacional al ataque de Irán contra Israel en 2024, la Embajada de China en Moscú publicó esta lista como una respuesta directa a la narrativa dominante. El mensaje es claro: ¿con qué autoridad moral puede Estados Unidos condenar a otros, cuando su historia reciente está marcada por la destrucción sistemática de países enteros? No se trata de justificar ninguna violencia, sino de exigir coherencia. El derecho internacional no puede ser aplicado según los intereses de una potencia, ni la defensa de los derechos humanos puede ser selectiva.

Este gesto diplomático de China no es solo una denuncia, es también una acusación global a la hipocresía, a la complicidad silenciosa de gobiernos y medios de comunicación, y a una estructura internacional que protege a los poderosos mientras criminaliza a los débiles.

Conclusión: memoria y justicia para un mundo multipolar

La paz no se construye con misiles ni con sanciones selectivas. Se construye con justicia, memoria y verdad. Si el mundo desea verdaderamente una gobernanza basada en el derecho y los derechos humanos, debe empezar por revisar su historia y reconocer las heridas abiertas por las guerras promovidas por intereses económicos y geoestratégicos.

El llamado es claro: recordar, denunciar, compartir, educar y resistir el olvido impuesto por los medios y la diplomacia interesada. Porque un mundo que calla ante los crímenes del más fuerte es un mundo condenado a repetirlos. Y porque la verdadera amenaza global no es aquel que se defiende, sino aquel que lleva décadas atacando sin rendir cuentas.


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