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Lunes, 5 de octubre de 2026

Las lágrimas de la diosa

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Las lágrimas de la diosa

SILVIO AVENDAÑO

Cuando camino por Bogotá -desde la librería Lerner a la plazoleta del Rosario, enmarcada entre la Universidad, Avenida Jiménez y el Banco de la República- veo: Estudiantes entran y salen del claustro. Informales vendedores de tinto. Cafeterías y el sonido de las grecas. Miradas esquivas y desconfiadas. Grupos de hombres secreteándose. En sus manos hojas blancas, de cuatro pliegues, ofrecen las esmeraldas. Y en este lugar viene a la mente: El asesinato de Javier. Los compañeros lamentaban la pérdida. Espíritu inquieto. Sonriente. Ansia por lo desconocido. Lector de novelas de aventuras. Jugador del equipo de microfútbol. En el campo driblaba a los ágiles, despistaba con su movimiento a los veloces contendientes. Coronaba con un gol…

Viajó en tiempo de vacaciones: -Chiquinquirá, Caldas, Maripí, Muzo- territorio minero al occidente Boyacá, colindante con el valle del río Magdalena. Espacio de mariposas amarillas, en un aire de colores, figuras imposibles, el mito de Fura tena. Algo más que un conjunto accidental de imaginación y fábula. Un cerro: la personificación de la naturaleza y la unidad entre un hombre Tena y una mujer Fura, Y, un día, al pueblo de los Muzos, llegó, un joven de nombre Zarbi, en busca de la sustancia que hiciera posible la eternidad. Ella, Fura, decidió acompañarlo en su búsqueda por bosques de montañas, árboles, quebradas. Cierto tiempo después hubo un terremoto y la montaña se dividió en dos: Fura-Tena.  Al volver ella, el rumor crecía. Fue a juicio. Condenada por infidelidad. El día señalado de la sentencia, el pueblo Muzo reunido. Tena hundió el puñal en el corazón de ella y, de esa sangre negra brotó el río Minero. En la agonía Fura lloró y sus lágrimas amorosas se convirtieron en esmeraldas. Tena maldijo y condenó a muerte, a quien tocase, con codicia, las lágrimas de la diosa.

Javier, en busca de una lágrima por montañas, cerros, peñascos, azul en la lejanía. Al llegar a Muzo no se detuvo en el poblado. Fue directo al río Minero, de aguas negras y turbulentas. Varios días de sol y arena del torrente sin hallar otra cosa que negra arena, sin topar nada de valor. Descalzo, los pantalones arremangados, camisa y sombrero. Insistía en hallar el deslumbramiento de un guijarro de color verde. Y una tarde, cuando la esperanza se diluía, halló una gema. Mas era espiado. Entonces inició la vuelta hacia el poblado. En el camino le preguntaron por el hallazgo y le ofrecieron dinero. Él manifestó: “No he hallado nada. Mañana será otro día.” Ellos insistieron, lo acosaron. “Me pueden esculcar- alzó los brazos- No llevó nada.”  Y, al llegar al poblado fue directo, en busca de transporte.  A las cinco de la tarde la última guagua había partido. No tuvo otra opción, pasar la noche en un pequeño hospedaje. Y, al día siguiente, lo hallaron golpeado, ensangrentado, muerto. El ano rajado, posiblemente con machete, para hallar la preciosa de tonalidad verdosa.


Imagen destacada: https://www.artguru.ai/

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