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Domingo, 4 de octubre de 2026

LA PALABRA RECORRE EL UNIVERSO

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Bulevar de los Días
Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

http://www.rolsocial.com/blog/2012/08/la-palabra-nuestro-bien-mas-preciado/

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente.
silencio avises, o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Francisco de Quevedo

Cuando uno pronuncia o escribe una palabra se produce un sonido o aparece un rasgo sobre el plasma o el pedazo de papel. Y ese hecho tiene un efecto mágico, para bien o para mal. Tal rasgo o figura tiene un efecto que nadie puede evitar o retrotraer.

La lengua o la mano tendrían que saber, antes de hablar o escribir, que la palabra es un signo fecundo pero que puede ser benéfico o fatal. Una vez que ha salido de la boca o el teclado y ha empezado a volar ya no hay manera de rehacerla, de cortarle las alas o echarles arena y simular que aquí nunca pasó nada.

Los escritores, más que otra persona, sabemos de la responsabilidad de abrir la boca. Los chismosos y los insolentes jamás sabrán guardar en el bolsillo o callar para otro momento la palabra que hiere, ofende o ahuyenta a un amigo o pariente.

En efecto. Las palabras tienen la virtud de acercar, enseñar, admirarse de cualidades o decir verdades. Y para eso existen, alguien debería callar o dejar de expresar lo que siente y percibe. Sin embargo, no se puede abusar de ellas para insultar, despreciar o tachar de advenedizo.

La palabra existe y está dispuesta a dejarse usar en una conversación o un escrito para decir lo que pensamos. A condición de que no la utilicemos mal o que la utilicemos para tergiversar, acusar o hacer quedar mal ante una reunión a un contertulio, socio de club o desconocido.

Tantas personas han muerto o han dejado a sus padres o han abierto la puerta a una enemistad por abusar de una palabra que estaba ahí, dócil, dispuesta, pero no para que la usáramos para ofender o causar vergüenza ante los demás.

Las palabras son como las hojas de un árbol, tal como sucede en la película Las mil hojas. Cuando uno escoge una palabra y la utiliza para maldecir, vituperar o regañar o difamar de una persona presente a ausente, no se la lleva el viento. Produce un efecto que durará años o se puede devolver como un bumerang con cuchilla en su lomo.

Las palabras de un idioma tienen el sabor y el tinte que les dio el uso ingenuo de la gente de una región inicialmente. La intención de un hablante o de un escritor les pone el condimento o el veneno y las convierte en pócima, perfume, en aliciente o alabanza.

Las palabras como las estrellas se mueven en el firmamento, atraviesan el aire y recorren el universo. Adquieren la sutileza y el vigor necesarios para penetrar en alcobas, cámaras selladas y se guardan como pruebas de amores o para alegatos en un juicio criminal.

¿Cuándo aprenderemos que una palabra como una imagen vale un millón, el derecho a un beso o el repudio general de toda una generación?

Ojalá las palabras tuvieran un freno, como los caballos, que pudieran impedir su efecto y represar los inconvenientes y vergüenza por haber utilizado mal la palabra que se ha hecho para unirnos y comunicar nuestros afectos.

Bogotá, 02-12-13                     11:55 a.m. 

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