La ciudad que se mira mejor desde Siloé

La ciudad que se mira mejor desde Siloé.
Por David Luna, para quienes caminan la ciudad.
En Cali, hay días que comienzan con un sol distinto. Un sol que no solo calienta, sino que alumbra otras formas de ver la ciudad. Fue un domingo como esos —no cualquiera, sino de los que quedan— cuando decidimos, en familia y unos primos venidos del extranjero, emprender un recorrido que muchos nariñenses, caucanos, chocoanos y hasta los mismos vallunos aún no se atreven a hacer: subir a Siloé, no como turistas apurados, sino como dueños de su propia casa.

La ruta comenzó en la Terminal Cañaveralejo. Allí abordamos el MIO Cable, ese hilo azul suspendido que cose los bordes de la ciudad con su corazón más alto y profundo: la Comuna 20. En el vaivén de las cabinas, cada estación parece una página nueva: Tierra Blanca, Lleras Camargo, Brisas de Mayo… Y abajo, los techos de zinc y las calles empinadas, el Estadio Pascual Guerrero como un huevo de concreto abierto a la brisa, el viejo Cañaveralejo, el Coliseo del Pueblo. Todo eso que suele mirarse desde el suelo, ese día lo vimos con distancia y con respeto, como se miran las cosas cuando uno se eleva.

Siloé desde el cielo
Pero el viaje no era aéreo, sino íntimo. En Brisas de Mayo nos esperaba Ricardo Sánchez, a quien todos en Siloé conocen como ‘Richie’, un guía turístico y líder social de la Comuna 20. Richie es el director del colectivo Trepatón a Siloé, uno de los grupos de jóvenes que realizan rutas turísticas en la ladera, él es testimonio, un hombre que alguna vez fue joven al borde del abismo y decidió dar media vuelta. Su historia no la cuenta con solemnidad sino con verdad. Le dispararon, sobrevivió y, con esa segunda vida, eligió regresar a su territorio a reconstruirlo sin manuales ni poses. Richi no se disfraza de salvador, camina con la certeza de quien sabe que su historia puede ser un puente hacia una vida en paz.
Junto a él nos internamos en las calles de Siloé, donde el arte brota de los muros como si los grafitis fueran parte de la geografía. Pinturas que no solo decoran: narran. Las manos que alguna vez blandieron armas, hoy sostienen brochas y pinturas multicolores. Y las paredes, antes mudas, hoy cuentan historias de mineros, de desplazados, de gentes venidas del Cauca, de Nariño, del Valle. Porque Siloé no es un barrio: es una síntesis de muchas Colombias arrinconadas.

Estrella de Siloé
El camino nos llevó a un lugar que no necesita más nombre: La Estrella. Coronando un antiguo tanque de agua, hoy convertido en mirador, esta estructura de dieciséis puntas y veinte metros de altura es más que un monumento. Es un gesto. Desde allí se ve Cali, no como se la ve en los pocos periódicos locales, sino como realmente es. Richi nos mostró los planos de una nueva Estrella, con tecnología y luz para proyectar mensajes sobre la ciudad. Desde ese punto alto, el horizonte parece más ancho.
Después, el descanso: la tienda de Doña Ana. Una casa con una fachada hermosa, cerveza bien fría, los mejores aborrajados de la ciudad. No por sofisticación, sino por autenticidad. Un hielo raspado, fruta de verdad, sirope espeso, el calor bajando con dulzura por la garganta. En ese instante, con los niños del barrio jugando cerca, entendimos que este viaje era más que un recorrido. Era un verdadero aprendizaje de vida.

Día Mundial del Pandebono
Ya en descenso, con la ciudad de nuevo bajo nuestros pies, la celebración nos alcanzó en la Plazoleta Jairo Varela. Allí el mejor pan tenía su día y su gloria, era el Día Mundial del Pandebono. Cali canta cuando come y baila cuando recuerda. Y entre los acordes de Grupo Niche, en medio del gentío, volvimos a ser visitantes asombrados.

Calle del Pecado
La última parada fue la Calle del Sabor —también llamada la Calle del Pecado—, donde la salsa no es fondo musical sino lenguaje compartido. Allí comimos un asado generoso de Don Segundo, de esos que huelen a carbón y barrio, y bailamos hasta agotar las piernas. Esa calle, con su mezcla de aguardientico, ron y cerveza, cocinas abiertas y melodías en cada rincón, es la mejor carta de presentación de una ciudad que ha hecho de la alegría su forma de resistencia.
Cali desde Siloé no se entiende; se experimenta. No se vende en catálogos ni se encierra en cifras. Quien sube, regresa distinto. Porque más que un destino turístico, Siloé es un espejo. Y lo que refleja no siempre es cómodo, pero es real. Una ciudad que se alza, se pinta, se perdona, se inventa.
Información útil para quienes quieran hacer el recorrido:
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- MIO Cable: Opera de lunes a sábado de 6:00 a.m. a 8:00 p.m., domingos de 8:00 a.m. a 6:00 p.m. Tarifa aproximada: $2.800 COP.
- Estaciones: Cañaveralejo, Tierra Blanca, Lleras Camargo y Brisas de Mayo.
- Contacto para recorridos en Siloé: Ricardo Richi Sánchez +573206816216 https://www.instagram.com/trepatona/
Porque hay ciudades que se miran mejor desde adentro. Desde lo alto. Desde Siloé y hasta tirando paso con la salsita y el aguardientico que nos da vida. De verdad, les recomiendo ese borondo.



