Entre el recuerdo de la tragedia y la reivindicación del territorio

La fuerza de las redes sociales para conectar corazones y revivir memorias se manifiesta hoy en la figura de Sebastián, conocido como «Sebastian el de Belalcázar Of«, no Sebastián de Belalcázar, sino el de allá. Este joven ha logrado construir una sólida comunidad de 56 mil seguidores en Facebook, desde donde reivindica con orgullo su territorio ancestral y su amor por los animales.
Su labor digital y su mensaje —«Me siento orgulloso de ser de aquí y quiero mostrarlo al mundo»— no solo inspira, sino que también evoca memorias profundas en quienes, como yo, llevamos a esta región en el corazón.
A mediados de los años 70 del siglo pasado, siendo yo un joven subteniente del ejército colombiano, tuve el privilegio de estar adscrito a la compañía de ingenieros militares encargada de construir la carretera Tóez-Tacueyó. Esta ambiciosa vía se proyectaba como una arteria vital para conectar de manera ágil departamentos como Huila, Caquetá y Putumayo con el Valle del Cauca y el Eje Cafetero, atravesando un paisaje montañoso de imponente belleza, justo en las faldas del majestuoso volcán del Huila, al otro lado del indómito río Páez.
Nuestra base militar, inicialmente ubicada en el sector conocido como La Punta, avanzaba progresivamente hacia Tacueyó, en el municipio de Toribío, al ritmo del arduo trabajo de abrir camino en una montaña que se antojaba como un gigantesco bloque de piedra. La labor implicaba intervenciones directas en el bosque primario, la tala de árboles centenarios, la construcción meticulosa de cunetas, puentes, pontones, box culvert y alcantarillas. Fue una época de intensa dedicación, donde incluso me especialicé en el cálculo de explosivos para moldear la banca de la futura carretera.
En ese contexto de esfuerzo y camaradería, algo especial floreció en mi corazón. Quizás fue la calidez y amabilidad de los habitantes nativos, o las profundas amistades que cultivé. Lo cierto es que aprendí a querer y a sentirme parte de territorios indígenas como Irlanda, Huila, Tóez y Tálaga. Compartí la vida cotidiana de estas comunidades, disfrutando de momentos de esparcimiento como las partidas de billar en Belalcázar, precisamente en la salida hacia la vía que conducía a nuestro campamento en La Punta. Tras casi dos años de convivir con mis paisanos caucanos – pues también nací y crecí en Santander de Quilichao, donde aún resido –, fui trasladado a otras unidades militares en la capital del país.
Diecisiete años después de haber dejado aquella tierra que tanto aprendí a añorar, la naturaleza nos golpeó con una crueldad inusitada. El lunes festivo 6 de junio de 1994, un terremoto de 6,4 grados en la escala de Richter desató la furiosa avalancha del río Páez. La tragedia no solo destruyó la carretera que con tanto esfuerzo habíamos construido, sino que también arrasó con más de 40 mil hectáreas de tierras, sepultando bajo el lodo su invaluable riqueza ecológica y faunística. En tan solo 30 minutos, lo que había sido un territorio vibrante se convirtió en un inmenso camposanto, marcando la catástrofe natural más devastadora de su historia. Dejó 1.100 muertos y 500 desaparecidos.
Para muchas familias de la región, el terremoto y la avalancha significaron un éxodo forzado, una migración sin esperanza de retorno. Este desplazamiento masivo implicó, posteriormente, un complejo proceso de reinserción y negociación cultural, donde la pérdida del territorio ancestral obligó a las comunidades a establecer nuevos lazos y contactos de manera directa. La mayoría de estas familias encontraron un nuevo hogar en el municipio de Caloto, en un terreno plano y de clima cálido, diametralmente opuesto a su lugar de origen, al que dolorosamente bautizaron como Territorio de Toéz, en memoria de la vereda que fue epicentro de la tragedia.
En aquellos aciagos días, trabajando en la oficina de prensa de la Gobernación del Cauca, me tocó sobrevolar la zona devastada en helicóptero, acompañando al entonces gobernador, ingeniero Rodrigo Cerón Valencia. El impacto sentimental fue incalculable al contemplar la desolación donde mis amigos habían desaparecido y donde no quedaba rastro del esfuerzo colectivo por unir a través de una carretera departamentos que, lamentablemente, hoy continúan aislados, sin una comunicación directa y fluida.
Hoy, desde la distancia física, pero con la memoria intacta, me siento profundamente identificado con el amor y el orgullo que «Sebastian el de Belalcázar Of» profesa por su tierra. Su labor digital es un faro de esperanza y un recordatorio constante de la resiliencia y la riqueza cultural que emana del corazón del Pacífico colombiano. Desde Santander de Quilichao, le envío un saludo fraterno y lo animo a seguir cultivando ese valioso sentimiento de pertenencia que nos une a esta tierra marcada por la belleza y la tragedia, pero siempre resiliente.
Imágen principal tomada de: https://www.facebook.com/SebastianeldeBelalcazarof
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