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Martes, 6 de octubre de 2026

Bajo el cielo de estos tiempos

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Bajo el cielo de estos tiempos
Bajo el cielo de estos tiempos
Foto: AI

Bajo el cielo de estos tiempos.

En el relato Deutsches Requiem, escrito por Jorge Luis Borges, el personaje Otto Dietrich zur Lindesabe que ha sido condenado por torturador y asesino, en el Juicio de Núremberg (1945-1946)… Siglos atrás, en Atenas (399ª.C) es juzgado Sócrates. Los ciudadanos en la polis desconfiaban del personaje, que siguiendo el “conócete a ti mismo” llegó al convencimiento que carece de sentido vivir para la religión y vivir para la patria. Aristóteles distinguió la oposición natural, cuyo eje es la familia, el hogar, de la vida política, que no significaba la fuerza ni la violencia, sino la persuasión y la palabra.

En la República, Platón bosqueja el Estado en el cual pueda vivir el hombre que duda, que analiza, que critica e ironiza. Siglos más tarde, Agustín de Hipona consideró que la vida contemplativa es el único modo de ser libre, independiente de las actividades políticas (skole). Agustín originó la apolitia. El cristiano, con la creencia en el más allá, cuya gloria se ve en la contemplación, degrada la vida activa de la actividad política. Agustín propuso la caridad, no sólo la hermandad cristiana, en todas las relaciones sociales. En el horizonte contemporáneo, Otto Dietrich zur Linde halla el sentido en el Estado totalitario, sin la propuesta socrática, ni la visión aristotélica, sin la virtud cristiana.

En el epílogo de Razón y revolución (1954), Marcuse, veía la declinación del Estado liberal. La razón, caracterizada por ser esencia, contradicción, oposición, negación se desvanece en el Estado, en el periodo de la posguerra. Los países industrializados son objeto de reorganización. Los antagonismos que caracterizaron a la sociedad, tal como ocurrió en 1848 y en las primeras décadas del siglo XX, desaparecen. El desarrollo capitalista detuvo la lucha de clases. La creciente automatización del proceso de trabajo y el tiempo requerido para ella hacen que el homo faber, el fabricante, el artesano sean desplazados por el proceso de las máquinas en la producción de bienes. Este progreso técnico no sólo multiplica las necesidades y las satisfacciones sino que trasmuta la conciencia proletaria en una conciencia integrada. Mucho más, la administración total dispone de los mecanismos para la satisfacción de masas: la psicología industrial, la organización científica del trabajo, los mass media que, sin recurrir al terror, hacen innecesaria la autonomía de los individuos. A su vez el Estado, siguiendo los planteamientos de la economía keynesiana, crea en el mundo del trabajo y de la sociedad, las comodidades que hacen posible el capitalismo y las reformas sociales… Y la sociedad panóptica, como lo bosqueja George Orwell, en la novela 1984.

Posteriormente, casi al final del siglo XX, para muchos países, llegó el neoliberalismo: la economía de mercado y la democracia del voto. Lo esencial es el mundo privado, no la ciudadanía ni la res pública. Con esa terapia se fue al suelo la economía local. Desapareció la producción de ropa, calzado, trigo, cebada, algodón… Los molinos molieron su propia ruina y la industria nacional se ha ido desdibujando. Las aduanas y los puertos abrieron las puertas a los contenedores de la globalización. Y se extendió las exportaciones de materias primas. Entonces, comenzó a hacer presencia el sector informal y la promesa de los emprendedores. Claro que para no caer en el pesimismo y mantener el corazón seguro están los periódicos, la radio, la televisión, las redes sociales que ofrecen baños de divertimento, lawfare, ocultamiento, desvirtuación. Lo importante no es informar sino crear la realidad. Pero no hay que desconfiar de los medios: “siempre dicen la verdad”. ¿Quién dijo que la realidad se oculta? Hay que hacer imposible la duda, el análisis, la comprensión, la sospecha, la ironía, porque la realidad se crea y de ella nadie se burla.

Y en ese espacio de la globalización de la economía del mercado, donde la realidad no es objetiva sino creada, de acuerdo con las conveniencias de todo género de comunidades, las divisiones por sectas, razas, género, sexo, cuyo resultado es que todos estén divididos y pegados al celular. Mas como bien se sabe el método para hacer posible, en estos tiempos, que la política social funcione se necesita el elixir de la eterna juventud: la democracia del voto. Libertad de un día, en el cual se pregona que se puede vivir en el mejor de los mundos. Aunque hay que tener en claro que es un día, pues luego de la fiesta electoral no hay fraternidad, tampoco igualdad, porque como se les ocurre creer que todos somos mugrosos, por tanto, iguales. En cuanto a la propiedad esa es para los bancos, los industriales y los terratenientes. Y mucho menos libertad, pues a quien se le ocurre ironizar, criticar como lo hizo Jaime Garzón o destapar ollas como Julian Assange. Mientras las palabras de Otto Dietrich zur Linde, en el juicio de Nuremberg, iluminan el aire del presente: “No pretendo ser perdonado porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido…Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro sea el infierno.”

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Silvio E. Avendaño

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