Del interés por la política


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En una verdadera democracia la participación popular en el orden de las decisiones públicas es fundamental. Dicha participación no debe reducirse al momento de decidir el voto. Va más allá de ello, se trata de que el pueblo se sienta incluido en los beneficios del poder. El pueblo debe ser un ser vivo y actuante en el real ejercicio de su soberanía. Que no suceda lo del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”.
Los gobernantes en las democracias modernas no son más que unos simples comisionados para acatar y hacer cumplir la voluntad popular. Los buenos gobernantes se identifican con las aspiraciones y requerimientos del pueblo o constituyente primario. Tienen claros sus objetivos y sus metas, improvisan poco y aciertan más. No actúan en contravía de quienes han depositado en ellos la fe y la esperanza en un futuro mejor.
Difícilmente se puede gobernar con acierto si hay carencia de convocatoria en torno a intereses comunes. Lo cual significa que quien gobierna debe caracterizarse por un liderazgo que haga sentir a los gobernados un compromiso permanente con todas las cosas que atañe lo colectivo. Esta condición permite compartir responsabilidades. De ahí que cuando no existe liderazgo en los mandatarios los fracasos se hacen más frecuentes y casi siempre terminan acorralándolos, lo que se traduce en pérdida de legitimidad. Hay que evitar decidir y actuar a espaldas de la gente, son errores que se pagan muy caro. En la medida en que los problemas se acrecientan y las soluciones escasean, el pueblo termina pensando que no tiene quien lo represente como debe ser.
Pueblo y gobernantes deben estar preparados intelectualmente para la democracia. Un gobernante sin preparación defrauda. Como en todos los artes y oficios, para gobernar hay que saber. No se trata de sabérselas todas, de estar a la altura de los verdaderos sabios al estilo platónico, sino de interpretar las necesidades y demandas de la población y actuar con prontitud, tino y mesura salvaguardando siempre el interés público. El pueblo debe aprender a no equivocar su voluntad.
No se puede obviar el hecho de que el buen gobernante debe ser estudioso, juicioso, crítico, autocrítico y mantener un sentido de previsión. Debe contar con un equipo de gobierno y asesorarse siempre de los mejores. Es decir, de los más estudiosos, de los más comprometidos, de los más capaces, de los más abnegados, de los más éticos, etc. De aquellos ciudadanos poseedores de una serie de virtudes que les permita contribuir con éxito al logro de una buena administración. Saberse rodear es cuestión de tino y de sabiduría. Y por qué no decirlo, de instinto de conservación.
Asunto muy escaso en las administraciones actuales caracterizadas más por el clientelismo, la burocracia, el amiguismo, el nepotismo, etc. que por utilizar la política como un servicio público. En un país como el nuestro -con algunas excepciones- acceder a los altos cargos mediante criterios meritocráticos no deja de ser una utopía. De ahí tanto vicio, tanta patología social y tanto desacierto. Por eso lo que debiera ser público termina privatizado, lo que debiera ser ético termina viciado, etc.
Da grima ver en no pocas dependencias oficiales una partida de ineptos e incompetentes. La falta de liderazgo en algunos municipios y regiones resalta a la vista. Esto inevitablemente ha contribuido a la carencia de una cultura política democrática, al deterioro del nivel de vida de la población, a no pocas violencias, a la pauperización de la sociedad y al escepticismo de la población.
Ante la posibilidad de utilizar la política como un servicio, no es posible desconocer la importancia de una pedagogía por lo público que sea capaz de generar una cultura transmisible de generación en generación. Dice Montesquieu que la corrupción de cada régimen político comienza casi siempre por la pérdida de los principios. Si a la gente se la educa con unas verdaderas convicciones ética-ciudadanas la sociedad y el país serían mejores. No se puede educar bien una población cuyos líderes, dirigentes y gobernantes sean malos arquetipos. No podemos esperar buenos gobiernos si votamos por malos dirigentes. Sobran quienes votan pero no eligen. Hay que aprender a elegir a los mejores.
El desinterés por la política se siente y explica los altos índices de abstención electoral. Darle un nuevo giro a la actividad política y a la administración pública podría incidir en que la gente se vea motivada a participar no sólo en momentos de elecciones sino también en las decisiones administrativas para que pueda también sentir los beneficios del ejercicio del poder.



