Debates superficiales y sancochos politiqueros

Elecciones 2023: debates superficiales y sancochos politiqueros

Los Gobiernos de Colombia han sido dóciles al mandato neoliberal. Es sabido que el neoliberalismo, que privilegia el mercado como surtidor de máximas ganancias, montó las privatizaciones como “ramas de acumulación de capital” (www.neoliberalismo.com.co, pág. 138).
Una primera oleada privatizadora entre 1990 y 2000, con Gaviria, Samper y Pastrana, subastó 71 empresas industriales, de servicios públicos, minería y banca por 5.263 millones de dólares (Saqueo, pág. 45). En 2005 y 2006, Uribe entregó activos financieros a los conglomerados bancarios (ídem, pág. 78) y Santos subastó en 2016 el 57 por ciento de Isagén por 2.000 millones de dólares.
Privatizaciones y concesiones en municipios y departamentos han sido una avalancha. No hay renta o servicio público sin trasferir a propiedad particular: la energía, el transporte, acueductos, aseo y recolección de basuras, rellenos sanitarios, alcantarillas, alumbrados, las comunicaciones, colegios, hospitales, aeropuertos, parques, la recaudación de impuestos, multas y tarifas, imprentas oficiales, vías con peaje interno, el control del tránsito automotor, la vivienda social, las jugosas plusvalías del suelo, cementerios, estadios y coliseos, el parqueo en calle, el levantamiento del catastro, todo se volvió filón privado y los gobernantes se idean qué más pueden rematar, ya se mencionan las cárceles.
Los oligopolios, empotrados así en ciudades y departamentos (Bogotá en el limbo, 2017), elevaron tanto el costo de la vida que la ciudadanía no lo logra cubrir y los erarios territoriales deben subsidiarlo, hasta endeudándose, respaldados en tributos como el predial, industria y comercio, sobretasas y varios. Transmilenio es caso emblemático.
Aunque, como en Cali o Medellín, aún no se haya feriado todo, estas dos capitales, junto con Barranquilla y Bogotá, con corte a 2023 tienen una deuda de sus sectores centrales, sin empresas o instituciones adscritas, de 15 billones de pesos y, al añadir las vigencias futuras, pasan de 18.
¿Cuánto suman los presupuestos de las cuatro ciudades? Solo 48 billones; es decir que, por cada tres pesos aforados, deben más de uno. El neoliberalismo las despojó de rentas públicas y luego las entrampó en el crédito para cumplir con sus competencias constitucionales y con la inversión.
En Bogotá el indicador de sostenibilidad de la deuda, el del saldo adeudado como porcentaje de los ingresos corrientes, es del 77,4 por ciento; en Medellín, del 73,5; en Cali, del 40 y en Barranquilla, por fuera de cualquier límite legal, del 174,2. ¡Escandaloso! Los pasivos se financian con más y más impuestos, aunque los candidatos de Bogotá lo hubieren negado, por engaño o ignorancia, en un debate televisivo.
Los departamentos, también empeñados, dependen 40 por ciento o más de las regalías y del Sistema General de Participaciones, pero nadie le exige al Gobierno Petro su urgente actualización, que les restó 528 billones desde su implantación en 2002. Grave omisión.
¿Se abordan en la campaña tan principales problemáticas? En los debates públicos, antes que explicar las crisis, sus causas y soluciones de fondo, pululan las denuncias de cuáles clanes políticos están detrás de uno u otro, donde anidan “los mismos con las mismas”.
No se ignora en los repitentes Char, Fico y Dilian, pero otros, como en Risaralda, esconden sus apellidos por manchada reputación o unas candidatas ocultan el partido avalador o se seduce al elector con sancochos políticos condimentados, como “Nuevo Futuro” en Córdoba o “Boyacá Grande”, que mete bajo la ruana “variopintos apoyos” (El País, 23/7/23).
Los sancochos, con partidos de Gobierno, “independientes” y hasta uribistas, juntos y revueltos, se cocinan con “acuerdos programáticos” en los que sobresale la prorrata, o el factor para repartir los dineros de la reposición” de los votos, según aporte cada bandería. La unidad como un fin y no como medio político.
Estas elecciones regionales de 2023 deterioraron el nivel de debate, de conciencia social y la organización partidaria, jerarquizan el negocio y las montoneras. Hay partidos, “cascarones” como los llamó Gómez Méndez, en los que se mezclan petristas, que aúpan las reformas del Gobierno y “tibios” que las avalan a medias, con los que las cuestionan. Torres de Babel.
El dañino neoliberalismo no se confronta, ni siquiera se nombra en los programas de los candidatos de Bogotá postulados por la “izquierda” o la “centroizquierda”, no existe como causante de los males a corregir, ni menos cómo Petro lo refuerza.
Abundan propuestas a la carta, sujetas al “respeto a los contratos suscritos por el Distrito”, que cambiarían solo si hay “acuerdo”. Un truco. No votaré por ningún sancocho politiquero, menos por el neoliberalismo privatizador. Voy en blanco.
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Publicación original en: Revista Semana
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