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miércoles 26 junio, 2013 a las 10:35 am

Padre

Jorge Eliecer Ortiz Fernandez
Jorge Eliecer Ortiz Fernandez
Jorge Eliecer Ortiz Fernández
[email protected]

Una de las realizaciones mayores de todo hombre de manera especial, creo yo, es ser padre de familia.

El despertarse un día con la esperanza de que una bella noche de amor con su pareja pueda germinarse en su vientre, que durante nueve meses se experimenten miles de sensaciones, como la primera patada, el primer asomo de su delicadas manos aferradamente en el estómago de mamá, son sensaciones inimaginables y que no tienen costo calculado, es, el clímax de la realización como hombre.

Qué me dicen, cuando al terminar la gestación del feto y a los nueve meses, aparece la débil y enigmática cabeza del niño o niña, es un momento que no se puede narrar, hasta que ese hijo esperado llega a brazos de papá, que con su cara de angustia al ver en sus manos esa pequeña vida que inicia su periplo, escuchando en el fondo los gemidos de la madre y los insonoros murmullos del padre, tratando de construir frases sencillas para decirle simplemente en el pequeño oído, bienvenido hijo o hija.

En adelante, inicia el peregrinaje del bebe por este mundo lleno de contradicciones, que los padres tratan de ocultar a los inocentes ojos del bebe, ¿lograrán hacerlo?, no creo, pues a quienes decimos pequeñas criaturas, hoy día tienen la particularidad de nacer con el chip del conocimiento supremo, todo lo saben, todo lo conocen, por ello se pierde el esfuerzo del padre por hacer conocer solo un lado de la moneda, situación que lo llevará en adelante a dar pronta respuesta a un sinnúmero de interrogantes, que pareciere, hubiesen sido preparados a la par mientras el feto logra el desarrollo de su vida, entonces no faltará el rubor en las expresiones, porque esos interrogantes siempre llevarán como común denominador la otra cara de la moneda que nunca quisimos mostrar por temor a dañar la inocencia de nuestros niños.

Y continúa la labor de los padres terminando jornada tras jornada, acompañado siempre del propósito de tener un día siguiente mejor, para brindar mayores posibilidades a sus pequeños hijos.

Unos lo lograrán, otros fracasarán en su intento, pero igual, continuarán con el empeño de sacar avante a ese pequeño que un día se convertirá en hombre o mujer adultos, que siendo testigos de cómo sus padres sacrificaron toda su vida para entregarles un espacio universal apropiado para su desarrollo, reconocerán su valía y devolverán con creces el agotamiento que la avanzada edad refleja en la caída mirada del padre, que una vez vieron con orgullo el nacimiento de sus hijos, pero que el inagotable paso del tiempo a duras penas si los deja ver, ya formados y adoptando posiciones erguidas ante la vida aprendidas del carácter recio y autoritario que la dura vida casi que incrusto en lo profundo del alma del padre que hoy se despide porque decidió renunciar a seguir viviendo sin su mujer amada, con la que compartió su vida y quien le acolitó sus rabietas y amores, hoy se encuentran en el cielo, espacio reservado solo para los padres que cumplieron con su deber, formar personas integras, que ya hace un tiempo, también asumieron el papel de guías con su hijos, tomando como espejo a quien hoy despedimos, paz en su tumba mi muy querido y estimado padre, abuelo y suegro Don Luis Vela.

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