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Sábado, 3 de octubre de 2026

¿Qué nos enseña el COVID 19?

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¿Qué nos enseña el COVID 19?

¿Qué nos enseña el COVID 19?

“En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio” / Camus.

Cuando hablamos del COVID 19 y de otras enfermedades infecto-contagiosas o aún de catástrofes públicas, es casi imposible establecer los límites, el uso de la argumentación y la fuerza, la fe y la desesperación, lo justo y lo injusto. Por lo tanto, resulta necesario que nos interroguemos por la enseñanza que ha dejado en nuestra realidad nacional.

                En nuestro territorio, la extensión de las metáforas de la pandemia se equipará con el virus de la corrupción, lo que nos exige reflexionar una vez más sobre la relación existente entre el ámbito de lo público y lo privado. Me atrevo a preguntar si somos conscientes de los diversos modos a través de los cuales, se pretendió enfrentar la dispersión instaurada por el coronavirus fueron los correctos o si el Estado de excepción fue la excusa perfecta para esconder las fábulas, cuentos y mitos del gobierno local, regional y central. Lo que si es cierto es que el coronavirus creó el momento más o menos preciso para transformar poco a poco la vida del planeta, nuestra cotidianidad, modo de actuar, de pensar, de desear, de soñar y hasta la forma de robar. Quizás se debía mantener el primer lugar en corrupción alcanzado en el mes de enero.

                Por eso no tardaron la avalancha de noticias sobre la corrupción a lo largo y ancho del país. Solo nos queda preguntarles: ¿Qué es lo ético en mitad de una pandemia? Sin embargo, una estudiante de grado octavo me sorprendió al decirme muy segura que luchar con honestidad. Quedé feliz, porque aquella criatura tiene claro que hay que luchar por la raza humana, a pesar de todas sus imperfecciones y que, en esta batalla, el fanatismo ideológico, religioso, cultural y social estorba. Por eso, es imperioso que la educación enseñe a observar más allá de lo físico, pensando siempre en el bienestar del otro.  

                La historia recordará que en el 2020 en nuestra amada patria todos los espacios se trasmutaron gracias al Decreto 417 del 17 de marzo, el cual declaró un Estado de Emergencia Económica, Social y Ecológica en todo el territorio nacional. Este recurso, fruto de la constitución de 1991 dio rienda suelta a toda clase de actos de corrupción y manifestaciones ególatras y folclóricas.

                Sin embargo, no todo está perdido, el Covid-19 impulsó a muchos seres humanos a repensar su forma de ser, estar y hacer; obligó a buscar recursos para afrontar el largo exilio en casa impuesto.

                Inicia una nueva etapa, se abren las fronteras, las restricciones para intentar seguir adelante; por eso, ahora es de vital importancia tomar conciencia sobre el cuidado y protección. Jamás debemos olvidar que nuestra burbuja de cristal se rasgó ante la presión de un enemigo invisible que dejó en evidencia nuestra vulnerabilidad.

                Es válido recordar que el virus trascendió su marco temporal y geográfico, hasta adquirir el rango de símbolo universal; fruto de ello, las acciones positivas o negativas que se han gestado en el mundo, los testimonios que se han hecho públicos nos han permitido reflexiones particularmente esclarecedoras sobre nuestro modo de actuar. En este sentido, las decisiones que hemos tomado desde el 17 de marzo señalan que la irrupción de una epidemia letal nos hizo meditar sobre el tiempo, el espacio, la vida, la muerte y en especial sobre el silencio y la soledad. Normalmente, no percibíamos el abanico de posibilidades que contiene la vida ni el valor de la familia, la amistad y el amor.

                Hoy, es extremadamente complejo hacer juicios sobre esta nueva experiencia de muerte y dolor; lo único cierto es que nos igualó a todos y ante esa cruda verdad, la incertidumbre y el miedo transformaron la lentitud en parálisis. Muchos han demostrado no ser lo suficientemente sabios y prudentes para tomar decisiones.

                Cuando todo pase, se espera que el ser humano tenga el valor y la sabiduría para evocar esos días con horror, recordando la fragilidad de la vida y el valor del otro. Debemos ser ya conscientes de que un coronavirus produce horror, pero también nos permite descubrir la capacidad necesaria para reinventarnos como personas y como sociedad.

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