El Negro Robles

Por: Néstor Raúl Charrupí Jiménez
ANTONIO ROBLES es quizás el personaje político más importante que hemos tenido los negros colombianos a través de nuestra historia. Debo recordarlo por las luchas políticas que le tocó vivir en el siglo XIX, donde dejó una importante huella que ojalá las nuevas y futuras generaciones de afrocolombianos nunca las olvidemos y además las asumamos. Les comento dos de los episodios en la vida de este hombre, que luchó desde la academia, el ejecutivo y la política contra la discriminación racial y murió en el campo de batalla defendiendo tan altruistas ideales.
Su particular altivez y orgullo lo hacían vestir de una excelsa manera y sus cabalgaduras eran de lo mejor, pues creía que los negros nos lo merecíamos. En cierta ocasión, entrando a la ciudad de Santafé de Bogotá, desde Honda lo cual se hacía a caballo, como era costumbre, hombres y mujeres de la aristocracia santafereña se apostaban en suntuosos balcones para tomar el té, además de enamorarse entre su clase social, entretenidos, mientras tanto, con el espectáculo equino de ver llegar a los parlamentarios o congresistas del interior del país en equinos de diverso paso. Triscaban los jovenzuelos el caballo, la vestimenta y la fisonomía de los jinetes.
Como ya les dije, el negro Robles montaba, casi siempre, el mejor de los caballos, al pasar éste, frente al balcón principal donde se apostaba la hija del presidente de aquel entonces Manuel Abadía Méndez con otros señoritos, esta señorita manifestó voz en cuello, pretendiendo convertir al negro Robles en hazme reír de sus contertulios: “¡lindo caballo… lástima el jinete!”, oído el insulto, el negro Robles, que era un excelente chalán, no se amilanó ante el improperio, sino que, afinó las bridas de su corcel llevando en un paseíllo de unos veinte metros y con elegancia supina lo detuvo, regresándolo con inmejorable paso hasta el balcón aquel donde la hija del presidente le había ofrecido la despectiva frase. Tomando las riendas de su brioso animal con la izquierda y ofreciendo su sombrero con la derecha a manera de saludo a los señoritos del balcón, incluida la impertinente damisela, con voz fuerte pero sosegada expreso: “Tiene razón señorita (la hija del presidente) en gustarle mi cabalgadura, ¡porque a las yeguas siempre le gustan los caballos!”. Retomando seguidamente su armonioso andar hasta el capitolio.
En otra ocasión en el capitolio, donde había despertado muchas envidias, no solo por su inteligencia y oratoria, sino por su refinado vestir, lo cual no era “concebible” en un negro, estando el recinto lleno de conservadores; entre otras cosas, el único parlamentario o senador Liberal era el negro Robles, ante la entrada un tanto tardía de éste al recinto, uno de los parlamentarios conservadores con la intención de hacer salir de casillas al negro Robles, conociendo su temperamento, quiso humillarlo con la siguiente pública frase: “Se oscureció el recinto”, caminando este, el negro Robles, parsimoniosamente hasta su atril y pidiendo la palabra dijo: “No tengo la culpa de ser negro, y aun en Cartagena continúan blanqueando los huesos de mis antepasados que lucharon y murieron por darle vida y libertad a blancos de negras conciencias como la del imbécil que pretendió insultarme”.




