Brasil

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Brasil enfrenta dos grandes problemas, la pobreza y la desigualdad social, tan comunes en la América Latina. Ambos tienen profundas raíces históricas. Una historia de exclusión que hoy se acelera.
En esa historia se distinguen tres fases. La primera, desde la Revolución de 1930 y el Estado Nuevo (1937-1945), cruzando por la redemocratización (1946-1956), la crisis del populismo (1956-1964) y el régimen militar (1964-1984). La segunda, desde la transición hacia la democracia, después de 1984. Y, la tercera, apenas comienza. Qué por cierto, es bastante incierta.
En 1930, Getúlio Vargas inaugura un régimen autoritario, caracterizado por el crecimiento de la industria y la urbanización. En 1946, Gaspar Dutra fortalece el estilo de política iniciado por Vargas, un Estado autoritario y paternalista. En el año 1950, Vargas vuelve al poder y busca alianzas con los militares e intenta conquistar a los sectores populares urbanos. En 1956, Juscelino Kubitschek, con su política de inversión en infraestructura básica provocó una crisis inflacionaria. La crisis política se ahonda en 1961 con Janio Cuadros. Los sectores de oposición aprovecharon la situación e intentaron un golpe de Estado. Se intensificaron los conflictos sociales, las huelgas y se profundizó la crisis económica. En 1964 los militares se toman el poder, apoyados por empresarios, sectores conservadores de las clases medias y el clero.
A partir de 1979, las fuerzas políticas comienzan a organizarse en partidos políticos, se funda el Partido de los Trabajadores. Para los trabajadores y excluidos de la sociedad brasileña fue la oportunidad para abrir el espacio de la institucionalidad política. Se inicia el período de construcción de la nueva Constitución. De esos años se destaca la amplia participación social y la creación de distintas instancias de discusión en las que muchos grupos, hasta entonces siempre marginados, conquistaron sus antiguas reivindicaciones traducidos en derechos constitucionales. Posteriormente en los con los gobiernos de Fernando Collor de Mello, Itamar Franco, Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Roussef, en Brasil se insertaron con fuerza nuevos temas y derechos, emergió una nueva actitud social frente a los asuntos públicos, y se redefinieron las relaciones entre lo privado y lo público.
Fases estimuladas por los procesos de industrialización y producción de petróleo. En ambas, se pone en marcha una política de intervención. En la primera, se trata de construir la dominación burguesa. Autoritarismo y crecimiento económico para unos pocos. En la segunda, la dominación popular. Democracia y crecimiento económico para todos. La primera, sufre un total fracaso, la pobreza y desigualdad aumentan vertiginosamente. La segunda, aunque logró vincular a más de 20 millones de desprotegidos al sistema social, también fracasó. La causa: las políticas de un Estado populista asociado a la corrupción venida de la riqueza del petróleo.
Y esto último, es en parte, lo que ha permitido el auge de una derecha, en una tercera fase, que no vislumbra ningún plan para la superación de la pobreza y la exclusión y que por el contrario nos pone de cara a un escenario desdibujado. Un vez más, como en la primera fase, la historia se repite: se intensifican los conflictos sociales, crecen las huelgas y se profundiza la crisis económica. Un exmilitar de extrema derecha que llega al poder apoyado por los militares, los empresarios, los sectores conservadores de las clases medias y el clero. Que se convierte en un nuevo Mesías que ha logrado poner en el mismo lugar a los sectores más pobres y a los grupos económicos hegemónicos. Ambos se sienten perjudicados por la izquierda que gobernó los últimos años al Brasil. Y este Mesías invoca la eterna y falsa promesa de una economía sólida, para ambos, aún a costa de acabar con las selvas tropicales de la Amazonía.



