9 de abril: Memoria y Mito

9 de abril: Memoria y Mito

Cada 9 de abril, Colombia detiene su paso para recordar a las víctimas del conflicto armado.
Desde 2011, mediante la Ley 1448, esta fecha quedó instituida como el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad, un ejercicio doloroso y necesario que nos obliga a no olvidar.
Esa memoria —herida, fragmentada y muchas veces manipulada—revive uno de los episodios más enigmáticos de nuestra historia reciente: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá el 9 de abril de 1948.
La leyenda, alimentada por la suspicacia y la desinformación, ha tejido una conexión oscura entre Fidel Castro y el magnicidio que incendió la capital.
La verdad histórica dista mucho del mito. La presencia en Bogotá de Castro no respondía a oscuros designios revolucionarios. Era un joven estudiante cubano de apenas 22 años, que había llegado a Colombia como delegado de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba. Vino invitado a la Conferencia Interamericana de Estudiantes, que había sido convocada por el entonces presidente argentino Juan Domingo Perón.
Fidel Castro Ruz era entonces, un estudiante de leyes con inquietudes políticas, sí, pero aún lejos del líder guerrillero que desafiaría a una dictadura y cambiaría el destino de Cuba. Se graduó de abogado en 1950.
Y sí: estaba citado para reunirse esa misma tarde con el candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán. Pero el encuentro nunca ocurrió. Gaitán fue asesinado a la 1:05 de la tarde, en pleno centro de Bogotá, y el país se precipitó al abismo del caos.
Es crucial recordar estos hechos, despojarlos de la especulación y la narrativa interesada. Fidel Castro, en 1948, era un joven estudiante, no un artífice de revoluciones ni un instigador de magnicidios.
Su trayectoria posterior, su ascenso al poder en Cuba tras el asalto al Moncada, su exilio en México y la épica invasión guerrillera que se produjo ocho años después, en 1956, son capítulos posteriores de una historia compleja y controvertida.
Hoy, mientras honramos la memoria de las víctimas de nuestro conflicto armado, es fundamental separar el grano de la paja, la verdad histórica de la leyenda urbana.
A propósito de la verdad, ese bien tan esquivo y a la vez tan esencial para la sanación de una nación herida, resulta alarmante la postura de figuras como el concejal John Ortiz Martínez de Popayán.
Su intento de deslegitimar el mensaje plasmado en la «Piedra del Norte» – ese contundente «Las cuchas tienen razón» – bajo el argumento simplista de que «lo que se pinta no quiere decir que sea verdad», revela una peligrosa desconexión con el clamor de las víctimas y una preocupante voluntad de negar capítulos oscuros de nuestra historia.
Sus palabras, al minimizar el dolor y la verdad que encierra ese mural sobre el paramilitarismo en la Comuna 13 de Medellín y los macabros hallazgos de cuerpos en la escombrera – hechos ya reconocidos por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) –, no solo revictimizan a quienes sufrieron en carne propia la barbarie, sino que también pretenden borrar una parte dolorosa pero innegable de nuestro pasado.
Negar los falsos positivos, los muertos de la escombrera y otros crímenes encubiertos por gobiernos de turno, como la infame Operación Orión, es un acto de ceguera voluntaria que socava los esfuerzos por construir una memoria colectiva honesta.

El mito sigue vivo, quizás porque los vacíos de la historia se llenan con ficción, o porque el dolor colectivo necesita culpables simbólicos para narrar su tragedia.
Hoy, cuando el país rinde homenaje a millones de víctimas de masacres, desplazamientos, desapariciones y violencias múltiples, vale la pena recordar que también somos víctimas del olvido y la desinformación.
La verdad, aunque dolorosa, y así desafíe nuestras creencias, es el cincel que puede esculpir un futuro distinto, restaurando los cimientos morales de una sociedad marcada por la violencia.
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