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martes 8 diciembre, 2015 a las 7:23 pm

EL AMOR SÍ HUELE A SEXO

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano

 

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Al prado, y haya, y cueva, y monte, y fuente,
y al cielo desparciendo olor sagrado,
rindo de tanto bien gracias eternas.
Francisco de la Torre, Soneto a Tirsis. Fragmento. 

Claro. Obvio. Seguro que sí. No le quepa duda. Un amigo se rasgaba las vestiduras porque alguien tocó un tema algo sexual en la conversación de sala. Y espetó la frase: No me explico por qué alguien dijo que el amor huele a sexo. ¿A qué huele el sexo? No, el sexo no huele, ¿a quién se le ocurrió?

Pues sí. Hablar de sexo en público no es de buen recibo, pero me atrevo ahora a hacerlo. Entraré en ese tema con los pies sin sandalias y con las manos bien lavadas. Es tema tabú y alguien puede pensar que llevo algo prendido debajo de mis plantas o entre los dedos.

Algo parecido me pasó hace años que dije que una ciudad no me gustaba porque olía a feo. No, me corrigió mi novia. Las ciudades son como las mujeres. Todas tienen su encanto. No hay feas por su color o por su edad o por el olor que exhalan. Esas son sus cualidades y no tenemos por qué sancionarlas por lo que tienen. Y hoy, si me dicen que vaya a visitarla, me emociono y voy gustoso a admirarla y olerla sin la repulsa de otros días.

El sexo huele. Como el frasco que ha guardado un perfume. Como la blanca flor de la azucena o el lirio rojo. Dejarían de ser eso. No puede concebirse el continente sin el contenido.

El hombre huele y la mujer huele. Y huelen distinto, no feo. El hombre que pasa inadvertido por la acera de una calle puede experimentar el efecto de la resina que exhala el cuerpo de la mujer. Y, al revés, la mujer también olfatea al hombre que la roza al paso.

No es necesariamente el hálito del amor, aunque muchas veces ha ocurrido que lo sea. De la aspiración por la nariz de tal almizcle muchos han quedado flechados por Cupido.

En los embates del amor, el sexo y sus aromas, son factor decisivo para la mutua atracción. También ocurre este obvio fenómeno en todos los animales como en los pavos, gorriones, patos, gallo y gallina, perros y gatos. En sus organismos se desarrolla un olor característico que es sensible a no muy corta distancia. Es del todo necesaria la secreción de este almizcle del amor o sensualidad o sexo y se expande por toda la superficie del cuerpo cuando llega al clímax la unión de la pareja.

El olor produce, entonces, una especie de éxtasis, de embrujamiento, de enceguecimiento, desvanecimiento como el que describe Safo, o el dulce nido de santa Teresa o al amoroso incendio de Quevedo. Se explica, entonces, por qué el encarcelamiento de Fray Luis de Granada por traducir al castellano el Cantar de los cantares, un texto que – quiérase o no admitir -, es fuente de un erotismo sano y generoso: Mientras el rey estaba en su diván, mi nardo dio su fragancia y su fruto es dulce a mi palada, Panal de miel son tus labios, esposa. Miel y leche hay bajo tu lengua.

Es que el sexo huele a terebinto, a cuello de gacela, a abrazo de tormenta, a rayo de fuego, a racimos de uva, a pulpa de manzana, a sardina la mujer y el hombre a salmón ahumado, a media naranja, a jugo de dátil de palmera bebido en vaso sagrado.

07-12-15                                  11:47 a.m.

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