
Loco-mbiano

A la inmensa poeta Marga López Díaz,
laureada y cantada desde La Ceja hasta cualquier rincón de Colombia
que me ha recordado que la Madre Teresa Cepeda Dávila y Ahumada,
Santa, Patrona de las Españas y única Doctora de la Iglesia
está cumpliendo 500 años de nacida.
Sus andanzas, enfermedades y cantatas que comenzaron en la población castellana de Ávila en 1515, aún las celebran las campanas de abadías y la musicalidad de sus versos. Mujer de voluntad indomable, de energía que brotaba como río entre peñascos y cigarrales, nos dejó una estela de hitos en correrías, fundaciones, libros y canciones de amor y mística de belleza inigualable.
Hizo escuela, y fue heredera de los primeros romanceros, como el de Baena y poetas castellanos. La antecedieron Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz, Diego Hurtado de Mendoza, Alfonso Álvarez de Villasandino, el Marqués de Santillana, Jorge Manrique y Juan del Encina, entre otros. Ya había sido publicada la primera gramática castellana de Antonio de Nebrija y en 1569 había sido puesta en circulación la traducción de la Biblia en la nueva lengua que cantó la epopeya del Cid. Fue coetánea con Garcilaso de la Vega, Gutierre de Cetina y Fernando de Herrera.
No es raro, entonces, que la culta Teresa de Jesús, hubiera bebido de estos ricos manjares. Y que sus oídos y sus papilas se hubieran nutrido del vocabulario, de la música y los sentimientos que brotan de los versos del salterio de Salomón, de la boca de la Sulamita, de las canciones de amor del Cantar de los Cantares. Tuvo mejor suerte que su contemporáneo Fray Luis de León de la Escuela de Salamanca, quien tradujo la Biblia en 1572 del hebreo y fue encarcelado durante cinco años por ello.
¿Quién no se enternece al leer la canción Mi amado es para mí? «Ya toda me entregué y di/y de tal suerte he trocado/que mi amado es para mí/y yo soy para mi amado./ Cuando el dulce Cazador/ me tiró y dejó rendida,/en los brazos del amor/mi alma quedó caída,/ Y cobrando nueva vida/de tal modo he trocado/que mi amado es para mí/y yo soy para mi amado/».
Sí, es el comienzo de su poema, pero al leerlo se oye en coro una melodía que es imposible no sentirla en el fondo de las entrañas y debe seguir leyéndolo hasta que la música se apaga.
Y, Los versos nacidos del fuego del amor de Dios, son otra canción no menos sonora y solemne. «Vivo sin vivir en mi/y tan alta vida espero, /que muero porque no muero/”.
Parecen palabras que se contradicen, parece un juego de niños que ríen a formar ideas contrarias que a nadie molestan sino que invitan a meditar.
«Ay, qué larga es esta vida/qué duros estos destierros/Esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Solo esperar la salida/me causa un dolor tan fiero/que muero porque no muero/”…
Se van entretejiendo las ideas, mientras, la lengua se llena de almíbar, el corazón se hincha y la respiración se contiene, hasta que todos los versos terminan.
23-10-15 – Día de Antonio María Claret y Clará. 11:45 a.m.