«YO SOY»


Si usted dice Yo, es porque primero existe; usted es porque se da cuenta de su existencia. El árbol no se da cuenta pero da cuenta ante nosotros; tácitamente está expresando: Yo soy, yo existo. Lo mismo la estrella, el grano de arena, el río, el firmamento, el agua, el gusano. Todo; elemental; ninguna discusión al respecto. Este Yo Soy es la base, el fundamento de todo cuanto ES. Dios le dijo a Moisés en el Sinaí: «Diles que mi nombre es Yo Soy». Sin embargo, no es evidente qué es este misterio, este íntimo Yo Soy, común denominador de todo cuanto existe. Y no basta con nombrarlo para creer que se lo conoce; no basta convertirlo en mantra, en repetirlo como loro hasta la saciedad para conseguir favores personales de la deidad, para manifestar prodigios, como erróneamente inducen toda la suerte de «iluminados» que han invadido el mundo con sus angeologías, «maestros ascendidos», gurúes y demás milagrismos de último momento.

A partir de la señora Blavatski y secuaces de la «teosofía», una «nueva era» irrumpió poco a poco en el mundo con esoterismos dudosos y escuelas de «iluminación». Abundan sectas, prácticas «secretas», «gnosis», yogas, espiritismos, ascéticas, renuncias, contactos, «canalizaciones» y «revelaciones», promesas y deslumbramientos de lo arcano. Hay que decir con Jorge Zalamea en «El sueño de las escalinatas»: «Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrarías, y los loteadores de paraísos y nirvanas (…) ¡Crece, crece la audiencia!» Pero todo cuanto crece no es en favor de la sabiduría. Los falsos mesías de los tiempos del final abundan como legión. Abunda la fenomenología de lo «santo»; abunda como ruido que ensordece, como banderas de «buena voluntad». Quizá la confusión generalizada requiere una toma de conciencia; volver a uno mismo como toque de conocimiento, escudriñar la antigua Gnosis, el Vedanta con sus Gitas y Upanishads, sus Tantras y Doctrinas Secretas que han llegado hasta nosotros, el Budismo y sus abstrusos Sutras, Lao-Tse, Platón, Orígenes, el Areopagita, los Padres de la antigüedad, los caldeos y los egipcios, las doctrinas de Hermes Trismegisto… Hay que ir a las fuentes, no pescar en río revuelto. Se aceptan ingenuamente cosas, doctrinas y creencias así no más, y se habla de «la verdad»; pero la verdad es que no se sabe nada, además de nuestra propia ignorancia, además de nuestra propia confusión acrecentada en tremenda imaginación espectacular.
El Conocimiento, la Espiritualidad, no consisten en la adoración ingenua del espectáculo milagrero ni en un trascendentalismo imaginario a la espera de ganancias personales, megalomanías del ego más deificado. Ni siquiera se sabe qué es el Yo, el Espíritu. ¿Entonces, por qué hablar de «espiritualidad»? Hay que ser «cautos como serpientes», discernir entre lo verdadero y lo falso, y como dice el Upanishad: «Condúceme desde las tinieblas a la Luz, de la mentira hasta la Verdad, de la muerte a la Inmortalidad». Y esta no es una escuela para ingenuos; no es una «metafísica» ni «mentalismo» de vitrina; no es una aceptación facilista de los promeseros de milagros. Es una ecuación que cada cual debe descifrar en lo íntimo de su Yo, su sustancia espiritual, el último secreto que llama y guiña el Ojo desde lejos; porque si no, el Yo será lo más nombrado, pero también lo más desconocido.
RVQ.



