DE VUELTA AL PREDIO DE RECREACIÓN



Las iguanas han vuelto a aparecer en escena. Estuvieron por un tiempo de vacaciones en un lugar que nunca supimos. Las extrañamos porque son habitantes diarios con quienes disfrutamos cuando nos detenemos para ver si ocupan el alto solio en los árboles junto al río.
Hoy tuvimos el privilegio de ver a siete de ellas. Cuatro en un árbol casi sin hojas, lejos del sitio donde antes residían. Allí retozaban y dejaban descolgar sus colas desde la altura, lejos de los paseantes. Dos de ellas se buscaban como novios mientras mordisqueaban unas de las pocas hojas del árbol. Jugueteaban con sus movimientos y visajes y, – al hacerlo – casi se exponían a caer a lo profundo del abismo. Una visión solo reservada a seres sensibles y amantes de la Naturaleza.
Más adelante se nos presentó una escena inédita en nuestros recorridos. De pronto, entre el ramaje frondoso de un árbol frente a nuestro paso, al alzar la vista, nos sorprendió la presencia de un Carpintero Real. Andaba solo, tal vez era el macho, y subía a saltos elegantes por las ramas. Era de unos 22 a 25 centímetros de largo, su copete rojo intenso y su pelaje negro moteado con algunos puntitos blancos. La visión fue suficiente para observarlo a nuestro gusto, mas no teníamos cámara a la mano para haber registrado su presencia.
Más adelante, otra sorpresa cruzó veloz ante nuestra vista. Era un Martín Pescador que iba anunciando su vuelo con bocina multitonal. Ese es el sitio acostumbrado por donde transita cuando se deja ver. Se posó luego sobre una rama casi seca que ha escogido como el trampolín desde donde avista los pececitos y luego se lanza como un arpón sobre la espalda del más descuidado. Lo toma en su pico, lo aprisiona y después vuelve a la rama y lo azota contra ella para acabar de prepararlo y engullirlo.
La vida animal tiene escenas como estas. Unas son más placenteras y otras algo cruentas. Solo es la vida que contempla sus etapas para la sobrevivencia. No hay violencias ni asaltos ni masacres. Suceden acciones necesarias para dar lugar a la cadena alimenticia. No más de lo suficiente para el paciente y sus hijos que esperan en el nido o la madriguera. Aunque se les llama animales, no guardan comida para después ni tienen el vicio de la gula. Y hasta han encontrado la manera de curarse cuando algo les hace daño.
No he mencionado a las mirlas que parecen señoritas de alto coturno, ni a los petirrojos y azulejos o a las alondra ni a los loros de alta revolución en sus coros polifónicos. También las vemos y nos acompañan y salen a saludarnos con su canto y sus vuelos repentinos. Ellos son nuestro recreo diario. A excepción de los que cantaban al frente de nuestra ventana. Los hemos perdido porque el Dagma nos privó impunemente del samán donde nos saludaban y alegraban desde la aurora hasta el anochecer. Paz en su diáspora obligada.



