Versos del camino


Versos del camino
Entre 1991 y 2005, Jaime Candamil Vargas, a la sazón coordinador de disciplina del INEM de Popayán, publicó tres poemas en el periódico Reconstrucción de esa institución. Y nunca más… Hasta el día en que me mostró el poemario (aún sin publicar) Versos del camino, donde reúne cuarentaitrés poemas. Animado por la sorpresa, me dispuse a leerlos, y mientras leía se agolpaban en la cabeza elementos para una semiótica de su poesía.
¿Por qué tantos años para tan discreto número de poemas? La respuesta surgió de una conversación con Jaime Candamil, orfebre también del discurso oral. Donaldo –me decía, en acento un tanto grave–, te voy contestar con una frase que no es mía, pero se podría incluirse en mi biografía: “El hombre que es poeta a los veinte años no es poeta, es hombre; si es poeta después de los veinte años, entonces es poeta”. A ello agregaría que el poema no es conjugable en tiempo presente.
Las cosas se parecen a su dueño, reza un dicho popular; puesto en la circunstancia de Jaime, el adagio sí que viene al caso. Quien es consentidor de las palabras, no se permite la improvisación, y para ser poeta –me decía Jaime– se necesita tiempo. Hay tanta aspereza en las cosas reales, que se precisa de tiempo para retornar a ellas con el decoro del estilo.
Dentro de la tradición, Candamil es proclive a dos rasgos de la poesía: el ritmo y el humor. El ritmo es connatural al oído del poeta, amigo de la música sonora y de la calladamente del poema, como en esa paradoja de “nada tengo que decir y lo estoy diciendo”. Lo sabe decir en la intención de sílabas sucesivas o en una escala de acentos que configuran metros determinados, como en “Hay miradas que te miran, / miradas que te alcanzan. / Miradas consoladoras/ miradas desconsoladas”. O cuando el ritmo no quiere ser sino eso, solo ritmo: “Rama Ramón Ramonazo;/ ríe negrito, negrazo, / espantando la tristura, / a punto de ramalazo. // Risa abierta, risa sincopada/ ritmo con pausa, pausa acompasada/ zumba que tumba la rumba está montada”.
El humor, en poesía, no es para reír (para eso es el chiste). Aquí es suscitado por algún esguince en la armonía física, o en el espíritu cuando deja de ser uno con lo físico. En esas desarmonías el poeta se hace bisojo en la percepción de caricaturas como ésta: “Por el viejo parque Caldas, / a plena luz del día/ vi cruzarse dos sombras/ que con empeño argüían. // …esos cuerpos que un día, / hicieron sus proyecciones, / ya no tienen la alegría/ de recortar sus umbrones”.
Jaime Candamil tiene claro que en poesía todo depende del éxito verbal, ahí su misterio. En el poemario, ‘el abrazo’ entre el verso y la prosa lo muestra: “Hay por aquí un lugar de buen consuelo/ cálido, delicado y muy diverso,/ que se inicia donde se abre el cielo/ y termina donde acaba el universo”. Concluyo el comentario con versos de ‘Tu sonrisa’: “¿Sabes qué? Me motiva tu sonrisa. / Además, me cautivan tus modales. / En la una, hay fluir de suave brisa, / y en los otros, cadena sutil de manantiales”.
La obra fue publicada en diciembre (2022), con el oficio editorial de Nelson Guaitaco «Imágenes Creativas», por Impregraf–Publicaciones, de Cali. La portada, con aliento poético, tiene la impronta de Jaime Candamil Vargas, un hacedor de caminos.
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