¿VALENTÍA DEL ARTISTA?

¿VALENTÍA DEL ARTISTA?


Nos hemos convertido en analfabetas de la inteligencia. Esperar, cuestionar, atreverse, escandalizar, todo eso es muchas veces necesario en este redil en que andamos todos, como caballos con tapaderas en los ojos.
Ciertamente no estamos en capacidad de competir con la verdad; la cultura preponderante forma civiles dispuestos a la marcha por el establecimiento, con sus inevitables y ocasionales brotes de rebeldía; se hace caso omiso del individualismo, se le considera un peligro; pero es la masificación de la cultura y la sociedad, que le rinde culto, lo que falsea todos los valores.
Hasta tal punto llega la valentía de algunos artistas (?), esa mano que señala llagas y desmonta truculencias de cultura adocenada con sus maravillas para los mediocres. Y de nada sirve hacerse el de la vista gorda; eso es alimentar el status quo, esa barbarie que sigue rodando eternamente cuesta abajo.
Por eso alguna forma de arte es buena toma de conciencia: obliga a abrir ojos, oídos y pensamiento, deja de ser una droga innocua. La existencia nos alimenta, nos da argumentos, nos vuelve soldados en una guerra donde casi todos nos escondemos cobardemente.
Todo arte que se torna comercial se prostituye; es la mirada donde multitudes alimentan su fuego alienado. Coreografías, maquillaje, vestuario, actitudes, todo es un metaproverbio caído en desgracia, una maldición de los tiempos.
Razón tienen quienes, descontentos, voltean la mirada hacia otras representaciones de la estética. Tal vez son los pocos, porque este mundo mediatizado hasta los confines de la sangre es un estrado donde cada quien quiere imponer su grito para alcanzar el éxito. Y en ello va todo escalafón, la gloriosa petulancia que se impone como moda.
Eso justifica, en cierto modo, los horrores y escándalos temáticos de algunos artistas de vanguardia como la francesa Orlan; son impresionantes sus vídeos, con sus cirugías en directo, transformando su cuerpo continuamente en objeto de cuestionamiento. “Performances” donde la conciencia queda dolorosamente impresionada por cierta “hiperlibertad” en acción, dispuesta a denunciar la farsa de todos los valores.
Cosas que, por supuesto, también son cuestionables, como artificios de la exageración.



