UNA TEJEDORA DE FUEGO Y PÁJAROS



Como auriga griega, Amparo Romero ha tomado entre sus manos los hilos de su canto y unos caballos indómitos obedecen en su carrera. La tierra abajo, crepita bajo su rienda y unas lenguas de fuego salen por entre el freno de las bestias.
El libro que ha tejido Amparo tiene hilos de espinas, de azogue en la garganta, de azafrán y harina. Lo ha fabricado en noches insomnes mientras el mundo, allá afuera, se debate entre la mentira y el oro. Su carro noctámbulo, como el que nos describe Ovidio en Metamorfosis, volaba entre constelaciones y la vigilia.
La poesía que exhibe la viajera de la noche no está hecha de palabras. Es una madeja de hilos de seres que se enhebran, se hunden en la tierra y expresan un lenguaje de criaturas sin vísceras mortales, de caras transformadas. Son seres humeantes, como árboles caídos en combate, abedules azules o peces fuera del agua. Parece un mundo ajeno al que viven los humanos, aunque se sienten los estertores del sueño y hay sangre y vértigo bajo las sombras.
Para leer los poemas de este libro hace falta,- para entrar a su mundo onírico -, lo que le sucedió a Virgilio. Tener a un ángel por guía que ilumine el sendero. Aparecerán, como en una playa, animales, mujeres dormidas, senos descubiertos, besos sin boca conocida, pijamas transparentes, costuras de cuerpos sin heridas y un río paralelo al Estigia.
Amparo es una hacedora de mundos nuevos en cada poema, entrelaza la realidad con lo posible e inaudito, va caminando por la noche y mostrando personajes. Su poesía cambia la estructura que mostró en sus anteriores obras. Es más críptico, hay muchas rupturas de la realidad, exhibe más técnicas y oficio. Ha conseguido la madurez que solo aparece cuando se pule y se bruñe el verso y se pone a prueba ante diferentes escenarios.
Los poemas van saltando por las páginas como fantasmas en invierno. Unos vienen de un país de piedra, otros son huérfanos del sexo, otros rondan por las casas con vestido de nieve. Pareciera que el libro nació adulto y fuera en reversa haciéndose niño. Su lenguaje, a medida que avanza, es más transparente y dócil: es una rapsodia entre las manijas de un reloj. Quien come y baila, reza muere para ir a caer en un río negro entre renacuajos a crecer como los hongos y lagartos. Final digno de una sinfonía.
La poeta Amparo Romero Vásquez, personaje insignia del Valle del Cauca, está en el lindero de la ambrosía. Su poesía tiene sabor, aura y timbre. Tiene la calidad de un vidrio de Bohemia. Al leer sus versos brotan armonías, emergen figuras fantasmagóricas, se mueven cadencias, y brilla allá, en el fondo, la figura de Erato que sonríe.
Más de 20 años de tesón, de pruebas, de oficio de largo vuelo ha dado este fruto opimo de metáfora y música. La Danza de los Hilos tiene cuerpo, tronío y es premio a la búsqueda de la belleza en la dicción, la elegancia, la novedad y el melos interno de cada poema.
21-02-17 5:05 p.m.



