Una participación en paz en un país polarizado



Los colombianos no podemos seguir enfrentados. Es esencial que se respete la diferencia de opinión.
Ocurrió en Vijes, mi patria chica. Un pueblo que pareciera sacado de un cuento de Gabriel García Márquez, en el que, guardando las proporciones, uno puede identificar a una Úrsula Iguarán criolla acompañando a José Arcadio Buendía, llevando de la mano a Amaranta Úrsula a misa de domingo.
Volvemos al punto. En mi tierra. Una Semana Santa. Los parroquianos se preparaban para una procesión. La que llaman de la Soledad.
Un ambiente festivo. Iban a recorrer las calles. Sin embargo, personas con otras convicciones religiosas, salieron al paso. Llevaban parlantes. “Acaben con la idolatría. Lleva al infierno”, decían.
Ahí fue Troya. Los dos grupos, que creían en Dios, terminaron enfrentados. La imagen religiosa quedó en el suelo. Dañada. Un reguero de yeso. Algunos sintieron que hicieron algo bueno: generar conciencia sobre la condenación eterna.
Nada. Un enfrentamiento entre creyentes de diferentes vertientes. Golpeados unos, empujados otros. Pero en esencia, viviendo en un pueblo polarizado por la fe.
“No compres en la tienda de don Braulio, es protestante”, le decía la madre a su hijo adolescente. “Camina una cuadra más, y cómprale a doña Elvia”.
El zapatero. “Lo siento, yo a los religiosos no les presto servicios”. Don Tulio en sus trece, negándose a arreglarle los zapatos al inspector de policía, que requería una remonta en la suela de sus zapatos.
Real. No me lo inventé. Soy de un pueblo pequeño vallecaucano, que alguna vez estuvo enfrentado por asuntos religiosos.
Ahora a lo práctico. Colombia no puede seguir polarizada. Es mi tierra, su tierra, la tierra de todos.
Es esencial que aprendamos a convivir en paz. Respetar la opinión ajena. Saber que la vida en comunidad está por encima de cualquier otra consideración. Además, forma parte de nuestra democracia.
Termino diciendo que, finalmente, en Vijes terminaron entendiéndolo. Mantenerse divididos, llevó al pueblo a un estancamiento por meses. Hasta que decidieron que el vecino era el vecino, indistintamente de su creencia religiosa.
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