Una moto


Por una moto asesinan a Yilmar. Nunca he creído que a alguien lo maten por dinero, por una casa, por un celular, por una moto… Creo que matamos a otro porque lo vemos dando lo mejor de sí mismo.
Ver a alguien que sabe hacer de la felicidad un camino en el cual nos incluye a diario con su saludo, su apoyo y su fe, da testimonio de la fuerza que todos llevamos, pero que sólo unos valientes cultivan en medio de cobardes que se creen valientes porque pueden decidir a quién le roban la vida y la sonrisa del rostro con una bala.

A Yilmar no lo mataron por la moto, lo mataron porque honró la vida con su alegría. No cupo en la religión porque concluyó que Dios no es una Religión sino una Realidad que hay que encontrar por medio del servicio a quienes más lo necesitan.
Hay mucho odio en la zona, en nuestra raza negra, en nuestros políticos, en nuestros policías, en nuestros padres y madres, en nuestros profesores, en nuestras familias. Es por ello que en esta demencia individual y colectiva sentimos una amenaza en quienes renuncian al odio en sus acciones y en sus corazones.
La herencia de los males del norte del Cauca, diseñada por poderosos de la tierra, de la política doméstica y departamental, siempre encuentra sus presas en los que no son «nadie» pero que lo dan todo para que la esperanza siga ilesa. Yilmar, quien sigue apareciendo en nuestros celulares cuando comenzamos a escribir su nombre, supo esto y muchas cosas más; cosas que seguramente andaban buscando por medio de la violencia quienes salen a callar sonrisas.
Quienes matan no son gente ciega, son personas que ven desde la ignorancia, pues ignoran mientras deciden y cometen el ataque, que ese ser que cae envuelto en sombra y sangre, es padre de familia, esposo, hijo, amigo, compañero de trabajo…
Quienes asesinaron a Yilmar olvidaron algo que él decidió recordar: dar a los demás lo que daría por sí mismo.
Hace un par de días hablé con él frente a la casa de mi madre y me dijo que iba a presentar el ICFES porque decidió estudiar lenguas modernas el próximo año. Lo felicité y además aplaudí su labor con los adolescentes que están haciendo en Villa Rica, otro cementerio lejos del patio trasero del colegio El Núcleo. Su mirada no tembló al decirme que ellos están solos. Ahora van a estar más solos que nunca, pues él era un nexo entre la locura y la cordura, entre la tranquilidad y la acción, entre la amabilidad y la vehemencia.
Sólo me queda el recuerdo de Yilmar y los versos del poeta que dicen: «Asesino: no se lleva el tesoro que arrebata». Ese tesoro de su entusiasmo, ese oro de su democrática risa, esa fogata de su presencia que tanta luz llevó a las cuevas de los adolescentes sumidos en el pandillaje, hagámoslo brillar retomando su ejemplo: contener la debacle de una generación que ante los ojos de todos va derecho a la muerte con el corazón vacío de vida y con la mente llena de locuras.
Que despierte en Paz nuestro amigo Yilmar, pues desde hoy estará despierto y vigilante en nosotros para ver qué hacemos para perdonar y ayudar a quienes no sabe que con un arma en las manos son víctimas fatales de otros.



