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Jueves, 1 de octubre de 2026

Una forma de la felicidad

Una-forma-de-la-felicidad

Por: Jaime Cárdenas.

Llegamos a las seis de la mañana. pero ya había mucha gente que había madrugado para tener un buen lugar de observación. A esa hora se dio inicio a la guerra, la de la espuma y la carioca. Un grupo de turistas proveniente de Dagua llevaba la iniciativa y así estuvieron todo el tiempo, es decir hasta las tres y media de la tarde hora que a la altura de la iglesia de San Felipe se acabó el desfile. Al llegar constaté que atrás nuestro estaba un abuelo bien arropado, en medio de sus hijos y de una nuera. Por ahí a las diez de la mañana cuando apenas había arrancado el desfile el sereno y afable viejo se sintió mal, se puso pálido y sus ojos se blanquearon. Pensamos que se iba a morir, acudieron los socorristas; la presión estaba baja, lo iban a trasladar al hospital, pero el abuelo se reanimó, ocupó su puesto y se negó a dejar el sitio.

Seguramente pensó que más vale la pena morirse en carnaval que en un hospital; en la calle, donde se vive el verdadero carnaval, el de rua, el que fascina en el Brasil. Morir en carnaval como Vadinho, el personaje de Doña Flor y sus dos maridos, seguir vivo, no en cualquier carnaval, sino en el de blancos y negros que viene a ser uno de los actos populares y creativos más valiosos del mundo, -lo digo sin ninguna exageración y con total conocimiento de causa-, sólo comparable en nuestro continente al carnaval de Río de Janeiro.

Cuando fueron pasando una a una las carrozas me llegó a la mente el interrogante: qué pensarían los pintores impresionistas, que habrían dicho Monet, el libertario Pisarro, Renoir, Degas,  la tropa de pintores genios e iconoclastas que  dieron todo por salir a buscar el color, la luz y el movimiento, que proclamaron que al arte había que buscarlo en el instante, en la naturaleza, entre el furor del color de la vida diaria,  fuera de los salones y de las academias, qué habrían dicho viendo ese mundo de esplendoroso colorido que desfilaba ante miles y miles de personas de todas las edades que cantaban y aplaudían y jugaban en un paroxismo que solo puede llamarse felicidad.

Y vino también la imagen de la Celia Cruz y supuse que ahí, en una calle de Pasto habría dicho que no vale la pena llorar cuando hay carnaval y sol. El sol que había estado esquivo salió con la fuerza que le dieron los antepasados de los pastusos cuando le llamaban Inti y le dijeron que era dios, el sol acompañó todo el desfile y se fue y dio paso a una estrellada noche andina custodiada por el volcán que no pudo menos que asombrarse de que cada año cerca de la medianoche, cuando la orquesta interpreta la Guaneña se escriba la epopeya, la del carnaval y sus milagros.

Esta vez fue la Vorágine la carroza que merecidamente subió al podio. Como una buena obra de arte tiene diversas lecturas. Es un homenaje desde la escultura a la literatura. Es un reconocimiento al pastuso Clemente Silva, uno de los personajes más valientes y éticos de la inmortal obra de Rivera. Es una defensa de la naturaleza y un canto a las víctimas de la violencia imperial en nuestras tierras. Y es fundamentalmente un reconocimiento a través del chamán del Putumayo a la cultura ancestral, a su sabiduría.

El carnaval de Pasto es una muestra elocuente de la fuerza, de la inteligencia y de la sensibilidad de nuestros pueblos que se resisten a la uniformidad y a la atomización de la vida cotidiana.

El carnaval es una de las formas de la felicidad. Razón le asistía al abuelo en negarse a ir al hospital.

El carnaval de Pasto debe subsistir hasta el fin de los tiempos.

Nadie puede dejar de conocer el mar y el carnaval de Pasto.