UN SUEÑO PÓSTUMO DE OMAR RAYO
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El Teatro Municipal de Cali estaba rebosante. Su platea, balcones y galería, expectantes por el estreno mundial preparado por la Compañía Colombiana de Ballet en homenaje al maestro Omar Rayo, desaparecido hace un año de este paisaje terreno. Él le había confiado a su Directora Gloria Castro Martínez que su sueño era fundir la danza con la pintura, porque creía en la integración de las artes como vida.
A las 7 p.m. el timbre anunció la apertura y aparecieron en el tablado Gloria Castro y Águeda Pizarro abrazadas. Dos mujeres enamoradas del arte y el pueblo, juntas para hacerle memoria a un quijote armado de paleta y pinceles. Bailarinas y bailarines vestidos de rayas y ángulos, de negro, rojo, verde, azul y blanco dieron nuevas formas con sus cuerpos a palabras e imágenes que completaban los cuadros que las luces proyectaban.
Por el escenario pasó Rayo con su rostro joven y serio, con su voz risueña y poética. Todos los períodos de su ingenio fueron recordando a Ricardo Rendón en sus caricaturas, el bejuquismo y su largo periplo por la luz, los colores, los lazos, los espirales sin término. Águeda, como testigo en la esquina, adornaba las escenas y susurraba a su amado los versos que otra vez le había escrito. “Aquí beso yo” y él le respondía con “Corteza de arco iris” sobre las montañas de su Roldayork querido.
El corto elenco de danza que preparó Incolballet para este espectáculo de pintura, danza, luces y música fue un manjar para ojos e ilusiones. Cuerpos esbeltos, vestuario cortado y diseñado para hacer juego con cada escena de evocaciones y cuadros iban apareciendo ante los espectadores atónitos. Diego Montoya, Daniel González, Adriana López, Angélica Suárez y Julián Garay hicieron con sus coreografías que el deseo del soñador Rayo fuera una realidad. El soñador no lo pudo ver con sus ojos, nosotros lo vimos salir por entre sus palabras y cuadros proyectados sobre telón y cuerpos en movimiento. El onirismo bailaba fuera con pies afilados, piernas ágiles y cuerpos estilizados.
Con falda a rayas blancas, blusa y un pañuelo rojo ella y el bailarín con jubón negro pegado a su cuerpo entrelazaron sus cuerpos como los bejucos que retorcían troncos, raíces y ramas en el cuadro de Rayo. Era una sinfonía de figuras, plasticidad y gracia. Las tres escenas finales de la obra fueron un final brillante, lírico, de finura y belleza como muchas veces se ve la luz y la línea del Arco Iris en los colores que captaba la mano del mago Omar.
La maestría de Gloria Castro ha sabido interpretar el deseo del joven que una vez alzó vuelo a Brasil, a Argentina, a Nueva York, se paseó por sus salas y asentó para siempre su genio en el Museo de Roldanillo, su patria. Incolballet ha escrito sobre las tablas del ballet una joya inédita de color y movimiento que Omar Rayo hubiera querido saborear como lo hacía con los arreboles de su tierra, su verde, su blanco y negro y el rojo de su genio.
24 instituciones financiaron la propaganda del evento. Miles de gentes vieron en este Festival Internacional de Ballet en Cali. Anoche en el máximo Teatro de la ciudad el público no se cansó de aplaudir y vitorear a los danzantes y a la obra que nos ha dejado un Rayo en el Valle.
11-06-11 10:20 a.m.
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