Un perfil humano



Un perfil humano
Cuando llegué del Cesar a Popayán, a estudiar literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca, finales del 70 y principios del 80, casi todo mi tiempo libre transcurría en la biblioteca central del claustro de Santo Domingo, entre cuadernos y libros. Se hizo tan visible y frecuente mi presencia en ese lugar de silencio, que Amparo, Deisy y Esperanza, laboriosas bibliotecarias, premiaban con dulces mi perseverancia.
En las pausas de estudio y lectura transitaba por los largos corredores, subiendo y bajando las escaleras de piedra; a veces me detenía un momento y escuchaba a hurtadillas alguna clase en uno de los tantos salones de la Facultad de Derecho, hasta que el polvillo de tiza del catedrático me devolvía al camino.
En ese lugar y circunstancia iban surgiendo con el tiempo más conocidos que amigos. Entre gestos y una que otra palabra de saludo, fue también más habitual que casual una cita no acordada con un estudiante de derecho que saludaba con festiva simpatía a las jovencitas bibliotecarias, que sabían bendecirle con bananas. Fue en ese libresco ritual cuando escuché su nombre: Juan Carlos López Castrillón.
Terminamos casi al tiempo las carreras. Y creo que fueron pocos los años del joven abogado en Popayán; desde entonces se volvieron casuales y fugaces los saludos por el centro histórico. Seguían siendo saludos de conocidos, no de amigos; pero con la particularidad de que los dos percibíamos un halo afectuoso. Hasta que lo dejé de ver. Luego fue la información, a través de la radio o la televisión, donde tuve noticias de los cargos importantes que el abogado Juan Carlos ocupaba en Bogotá.
Los ocasionales retornos, por razón de familia o de nostalgia por su ciudad, propiciaban a veces que Juan Carlos y la casualidad se me cruzaran en alguna calle del centro, y ahí estaba el saludo, con la misma calidez de los conocidos en la Biblioteca central de Santo Domingo. Y es esa la razón intrínseca –humana razón– que me movió a escribir este comentario, más allá de la afinidad ideológica o el color político. Porque me parece que Popayán necesita un alcalde con la capacidad para interpretar la condición humana del ciudadano y la comunidad; en consecuencia, me parece una inmejorable opción para hacer la lectura de las necesidades más sentidas de la ciudad y procurar la solución. Creo que en Juan Carlos López hay esa sensibilidad.
Y aquí estoy, en espontánea condición de conocido, sembrando semilla de confianza entre un círculo de parientes y amigos, a fin de que el 27 de octubre asistan a las urnas, en la seguridad de que Juan Carlos López Castrillón es la inteligencia, el liderazgo y la sensibilidad que se necesitan para enfrentar el momento difícil por el que Popayán y el Cauca atraviesan. Y para que, con ayuda de la Providencia, se pueda decir, con buenas razones, que el deber y el obrar de un político es servir a su comunidad.
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