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jueves 11 junio, 2009 a las 6:07 pm
UN PADRE ES UN SER QUE ENSEÑA Y DEJA HUELLA

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Adán, primer hombre, también tiene el honor de ser padre. Lo conocemos por haber sido el galán más cotizado en la antigüedad. Su semen quedó perdido entre las zarzas de aquel edén que le ocultó entre las malezas. Quien sabe cuantas veces dio vueltas cogido de la mano de la señorita Eva por entre las avenidas, acosado por la serpiente. El caso es que cayó redondito cuando aceptó la Manzana que ella le brindaba en cada cita. El mito no cuenta hasta ahí la historia. Hace mutis de lo ocurrido después que el patrón lo echó de la mayordomía de su hacienda “El Paraíso”.

No nos consta si tuvo casa y carro, pero sabemos que tuvo dos hijos, uno suave como una oveja y el otro más corajudo que un macho paisa. Abraham fue Padre y patriarca, origen de toda una gran descendencia. Claro que es otro mito igual que el de don Adán y su castigo. Abraham tuvo larga vida y probó las dulzuras y los afanes por los que tienen que pasar quienes logran sembrar hijos de su vientre. Recordamos a Jacob con sus doce vástagos. Cuántas alegrías les trajeron aunque desgracias y desventuras de sufrir tuvieron. Hasta los propios hermanos vendieron a José y antes Caín en incomprensible ira había dado muerte a su hermano Abel mientras apacentaba cientos de ovejas.

Si los padres adivinaran el Destino que espera a quienes engendran, se detendrían más de un instante antes de proceder a ir al tálamo sabroso. No hay una mano con dedos iguales ni habrá un porvenir idéntico para quienes forman la prole del ser que se atreve a traer a este mundo a un ser humano. Por fortuna el Destino se nos oculta entre los actos que vamos dejando en el camino. Y los padres luego gozamos más con los éxitos y los abrazos de los hijos porque los sufrimientos no pesan tanto como aquellos en la balanza de la vida.

El varón que ha probado la felicidad de cargar sobre su pecho y en sus brazos el fruto de su carne jamás podrá equipararla con ninguna otra conquista por grande que ella sea. No habrá premio o dinero o hazaña más grata que haber visto nacer y luego crecer al ser que un día brotó de sus entrañas. En su libro de hechos gloriosos estará escrito el nombre, la fecha y el número de besos que recibe a cambio de ampararlos y abrazarlos.

Un padre sabe que la sangre liga y que la sangre obliga. Que después del ciego amor y ante el incierto Destino el amor se torna libre y se hace tierno para el hijo o la hija, con igual fuerza y sin necesidad de reclamar prenda o retorno. El amor filial de un padre se reconoce como lo más sagrado y noble que sale del interior del hombre, por más insensato y cruel que pueda aparecer ante los otros. Es un mandato superior a sus instintos o a las emanaciones extrañas de su rabia. Por eso los padres sienten en su mano, en sus neuronas y en su bolsillo que no habrá generosidad ni exceso suficiente para pagarle a los hijos sus caricias y presencia.

Ser Padre es una realidad enorme. Significa sangre, ejemplo, sudores, guía, sostén, guiño, complicidad, regaño, compañía, comprensión y sabiduría. Si no se es todo esto habrá un semental, no un padre.

09-06-09 11:53 a.m.

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