UN DÍA DE PAZ, UN DÍA RESCATADO

El pasado jueves 16 de octubre de 2014, nuestro amado y sufrido Santander de Quilichao (Cauca), la segunda ciudad del departamento, tuvo la dignificante oportunidad de vivir un día completo de paz, sosiego y tranquilidad, como en esos pletóricos días de antes, cuando sentíamos a nuestro pueblo a pulmón pleno, siendo capaces de saludar a nuestros vecinos con toda la efusividad del caso, de reírnos con ellos a mandíbula batiente, compartiendo sanamente, sin ningún estrés a bordo, “sin ningún ruido”, en fin, nos sentíamos amos y reyes de nuestro pueblo, plenos y rebosantes de vida, a más no poder. Ese día jueves, nos sentíamos raros, como levitando en otro planeta desconocido, en otra galaxia, como en un sueño fantástico. Ese día, nos apropiamos de nuestra ciudad, la rescatamos por 11 horas y vivimos un día “relajados”.
Las mejores pruebas de ese día encantador, las tuvimos por ejemplo: en el comentario de una profesora cuando al salir a la calle, después de una jornada de trabajo, exclamó: “¡Huy!, ¡qué chévere!, así era el Santander de antes”, en el pasear tranquilo de los ciclistas que conducían a velocidad normal, en las familias que salieron a caminar (admirando lugares y sitios que nunca antes habían observado), en los muchachos y muchachas felices, quienes demostraban sus habilidades deportivas en sus patines y patinetas, en nuestras propias actitudes como transeúntes, cuando fuimos capaces de caminar de esquina a esquina, olvidándonos por un día fantástico de los famosos “nudos gordianos” (que día a día nos ponen a prueba y nos crispan los nervios), en fin, los quilichagueños nos gozamos ese día de diferentes maneras y lo aprovechamos completamente.
En mi caso particular, junto a los docentes, quienes trabajamos en la Sede “Rafael Tello”, ese día estuvimos libres por un día de la estresante contaminación auditiva, que día a día producen los pitos de los vehículos y las motos, que circulan en gran profusión por la calle 6 y carrera 10, inundando y atosigando el ambiente escolar. Inclusive, no creía lo que estaba sucediendo en la calle, cuando desde el segundo piso, miraba las calles muy plácidas y diferentes. Hasta tuvimos la enorme fortuna de escuchar, junto a los estudiantes, el sonoro concierto de una bandada de pajaritos, quienes también no salían de su asombro, al ver lo que estaba sucediendo en la calle y en el ambiente.
Lo comentado en los párrafos anteriores, se convierte en prueba fehaciente de la necesidad urgente del control inmediato a la nefasta contaminación auditiva (cuando por ejemplo, en los días sábados se permite el perifoneo en algunos vehículos, con demasiado volumen aturdidor), a la polución asfixiante (también llamada smog), siendo interesante averiguar qué sucedió ese día jueves en cuanto a este detalle. No olvidemos también la falta de control de parte de las autoridades respectivas en cuanto a la circulación de las motos, que inundan el tráfico quilichagueño, por los cuatro puntos cardinales.
Vayan pues mis aplausos y felicitaciones a los entes que organizaron la jornada de ese día (faltando organizar mejor el aspecto del flujo de los colectivos autorizados para el mismo, en los alrededores de la ciudad). Y una propuesta sugerida por muchos ciudadanos a este columnista: organizar ese día cada tres meses y no anualmente. Los quilichagueños nos merecemos regalos como el de ese día, cuando estuvimos tranquilos y contentos por 11 horas.




