TRES CULPABLES Y UNA CALAÑA

Como marcas indelebles han quedado en la mente de los colombianos esos dos días aciagos del 6 y 7 de noviembre del año 1985, hace exactamente 30 años. En vivo y en directo como se dice actualmente, observamos aterrados e incrédulos el siniestro y alevoso ataque del M-19 al Palacio de Justicia en Bogotá, a muy tempranas horas, ese miércoles triste del mes de noviembre, como si estuviésemos asistiendo a una película estilo Steven Spielberg, el gran director estadounidense. Incluso, algunos pensábamos que él estaba filmando una película propia de su estilo, pero al poco rato nos dimos cuenta, ante la descripción pormenorizada de los periodistas allí situados y el tono fatigoso de sus voces, que en verdad estábamos siendo testigos de excepción de la peor tragedia colombiana en toda su historia, en únicamente dos días, teniendo en cuenta la crueldad y el sadismo de lo sucedido por parte de los dos actores enfrentados (como también se dice ahora), el número de víctimas, la mayoría inocentes, su desempeño laboral, el armamento utilizado, las intenciones del M-19, la falta de autoridad del doctor Belisario Betancur, Presidente en ese tiempo, las consecuencias funestas para el desarrollo de la justicia colombiana, que ese día quedó herida de muerte y en total postración hasta el sol de hoy, en fin, paremos de contar, fue una tragedia social, humana y política de impredecibles consecuencias.
Dada la connotación y trascendencia de lo sucedido, desde mi punto de vista personal y como dice por allí un gran amigo y colega portejadeño “desde la barrera”, me atrevo a analizar, sin ánimo de condenar a nadie (pues no soy ni juez ni abogado), solamente a ofrecer mis puntos de vista como columnista sobre esa noticia que hizo cimbrar y zarandear el alma colombiana en todos los sentidos. Imposible no comentarla.
De esta manera desinhibida, pienso personalmente que hay tres culpables y una actitud que sobresalen ante la luz pública y el veredicto de la historia. En primer lugar, lógicamente el grupo instigador de toda esa parafernalia, el M-19, con sus 35 guerrilleros, quienes planearon la Toma del Palacio de Justicia, con la idea de hacerle n juicio de responsabilidades al Presidente Betancur, por su presunto incumplimiento en unos acuerdos de paz, previamente establecidos. Luego se supo, que el ataque fue planeado de común acuerdo con un grupo de extraditables, quienes los habían financiado para que destruyeran los respectivos expedientes. Seguramente pensaban que todo iba a ser fácil, como les sucedió con la toma de la Embajada Dominicana, pero salió lo contrario. Así aparece el segundo culpable, las fuerzas militares, ejército y policía, quienes al intentar contrarrestar el ataque guerrillero, se excedieron brutalmente en la fuerza utilizada y arrasaron prácticamente con edificio y personas que allí se encontraban. Incluso, a muchas personas que salieron vivas, las asesinaron, pensando que eran guerrilleros. Y por último, el tercer culpable, el Presidente Betancur, quien perdió totalmente su sentido de autoridad y dejó al país al garete, pues no tuvo el valor suficiente para enfrentar la situación, ante el llamado angustioso del Magistrado Echandía, invitando al diálogo y la prepotencia de las fuerzas militares.
Para completar esta historia triste de la Toma al Palacio, qué tal la actitud prepotente y falta de carácter de Noemí Sanín, quien era la Ministra de Comunicaciones en esa época, al censurar el cubrimiento de la noticia a los medios de comunicación (y ordenando emitir un partido de fútbol), y peor aún, su respuesta ultrajante y falta de humildad y sensibilidad ante lo sucedido: “SIN SOBERBIA ALGUNA, RATIFICO QUE NO VOY A PEDIR PERDÓN”. Con ministras así, de esta calaña, este país se iría por el despeñadero más profundo, ¿no creen?





