TRATADO SOBRE LA FE


Credo particular
Creo en la sopa de fideos,
creo en la palabra del amigo,
creo en la mirada del niño de la calle,
creo en la sal que venden en la tienda de la esquina,
…
Acabo de hojear un librillo de bolsillo escrito hace centurias por Leonardo da Vinci titulado – como se acostumbraba en la época – Tratado de la pintura, Colección Crisol, de Aguilar, en papel biblia.
En su tiempo Da Vinci, muy creyente -, lo escribió en los ratos libres que le quedaban de su quehacer en el oficio sobre el caballete. Mucho es de admirar de dónde sacaba tanta enjundia para hablar de un tema al parecer tan árido. Más tarde Tomás de Aquino escribiría su Summa theologica, en un montón de tomos, para leerlos en toda una vida.
Hoy es cruel y no fácil escribir sobre la fe, tan desprestigiada. Tal concepto, según Astete, se basaba en creer lo que no se ve, por la autoridad de las buenas costumbres y la repetición de hechos que siempre coincidían con lo que se pactaba y respetaba.
Sí. Había muchas señales externas a la mente humana que prometían existir un concepto empírico de la fe. A uno le servían en el restaurante el plato que pedía y se lo traían humeante y delicioso. Alguien pedía prestado un dinero para una necesidad urgente y se lo devolvían. Si iba a la tienda del pueblo y pedía una libra de azúcar o una botella de leche, uno se la tomaba y endulzaba y la bebía. Lamentable, pero hoy no es así.
El niño ha cambiado, el joven se ha refinado y los mayores se han contaminado de las costumbres que nos dan el comercio, la política y el gobierno. Ya los negocios no se hacen como antes. Ya los productos no tienen dentro lo de antes. Ya hay condiciones, como en las ventas que se ofrecen por internet. Vale, cuesta, se contrata, se vende todo con restricciones. O sea con coima en el contrato, aditamentos en la sal, en el cemento, en el agua embotellada, en el aceite de cocina.
Si viviera Astete, cambiaría la fórmula con que definió la fe. Se caen los edificios porque sus constructores no temen medir la mezcla de arena, cemento y el agua para fraguar un piso o pegar un ladrillo. Además, el cemento ya no es puro. Es una mezcla parecida de arena, con harina y color, que con el menor movimiento, se desploma la pared.
¿A quién creer hoy o qué creer hoy? Cuando uno paga unas zapatillas muy aparentes y rosadas de China o de Taiwán, o en la calle o un almacén de cadena, ¿cuántas puestas y minutos durará? Cuando uno compra un whisky sin estampilla o con ella, ¿qué origen tendrá y cómo se elaboraría? Tendrá uno que aguantarse el robo o el dolor de cabeza o aguantarse las ganas de estrenar o beber.
La fe ya no se aprende en el catecismo o en las iglesias o con el ejemplo del cura o en las clases de religión de los colegios. Ni metiendo la mano en la bolsa de sal y probar o abriendo el saco de cemento y mirando su color podrá uno creer que es legítimo. Cuando a uno le dicen que tal vía 4G vale 480 mil millones habrá que descontar los favores y los compromisos mano en mano, los imprevistos y los aumentos de precio por el paso del tiempo, como hoy se estila, sin rubor.
14-12-15 10.50 a.m.




