«TODO NOS LLEGA TARDE…»


«TODO NOS LLEGA TARDE…»

En ocasiones anteriores he dicho que me gusta Julio Flórez. Aunque sofisticados críticos puedan tildarlo de «cursi», de enfermamente luctuoso y más… Que su mundo es como un cementerio y flores muertas… Pero es que la vida no es ningún jardín de rosas. ¡Y, además, a mí qué!; si siento en su cadencia musical atractivos sugerentes, y hasta me recuerdan (¿exagero? —yo soy un ignorante, desconozco especialidades académicas, no me interesan—) ritmos de Dante, Bécquer, y puede que de algún Poe. Aquella inquietud suya, «humana, demasiado humana», vaga por sentimientos y anecdotarios de su umbrío laberinto llamado vida. Y me gusta que, dicen, no aceptó honores, ni ventajas materiales, y sólo quiso ser un poeta en su libre vida… un juglar de melodías pintorescas, y nostálgicas andanzas errabundas, oficios de un bardo con indudable éxito popular.
«Y al recordar mi tormentosa vida
y lo que entre los hombres padecí,
bendigo en el silencio la ‘escondida
senda’ que, al fin y al cabo, preferí.»
Palabras de significado místico, ¿propias de un solitario que se recorre a sí mismo con fruición de alucinado? Quizá (sólo hago conjeturas; la vida es comisión para suposiciones, y la fábula hace interesante esta mentirante existencia que llevamos todos).
En busca de su rastro, cierta vez fuimos, en Chiquinquirá, su patria chica, a conocer su casa. Era día de fiesta y desafortunadamente estaba cerrada; pero es suficiente leer sus versos para abrir la semblanza de un personaje que se me antoja interesante, románticamente soñador, obsesivo y hasta escéptico ante muchas cosas de la vida; musicante vagabundeo por los ideales tormentosos del amor, la muerte… y la desesperanza.
Por eso su voz tan pesimista: «Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!»
**RVQ**
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Crédito de la imagen destacada: https://www.infobae.com/
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