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jueves 23 abril, 2009 a las 7:01 pm

Toda codicia es pecado

Por: Sebastián Barrera S.

La codicia es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Como la lujuria y la gula, es un pecado de exceso.

Sin embargo, la codicia (vista por la Iglesia) aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Tomás de Aquino escribió que la codicia es «un pecado contra Dios en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales». «Avaricia» es un término que describe muchos otros ejemplos de los llamados pecados capitales.

Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, soterradamente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la codicia.

En el noveno y en el décimo mandamientos Dios nos prohíbe la codicia. Pero no obstante, la codicia nace en el corazón, de modo que sucede por ambición desmesurada. Luego estos mandamientos tratan especialmente del corazón. Nos enseñan claramente que también los malos pensamientos son pecados ante Dios, así también, la condición mala y pecaminosa de nuestro corazón, ya que Dios quiere tener nuestra alma completamente limpia y santa, sin ningún impulso pecaminoso.

En todo caso, no existe ningún corazón humano que tenga esa condición. Sin embargo, Dios puede exigir de nosotros tal esa perfecta santidad. Él nos ha hecho santos y es culpa del hombre que haya perdido su santidad por medio del pecado.

La falta de tal santidad ante Dios es también pecado, que nos sujeta a la infinita misericordia o ira de Dios y a la condenación. Así estos dos mandamientos nos enseñan claramente que los hombres jamás han guardado la ley de Dios, ni pueden hacerlo, ya que la ley encierra concluye a toda carne bajo pecado y con eso bajo la maldición de Dios.

Y así nos enseñan con toda claridad que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios. Hay sólo uno que ha guardado estos mandamientos y, al hacerlo, con eso toda la ley de Dios, el Dios-hombre Jesucristo, que nació sin pecado. El ha cumplido la ley por nosotros en nuestro lugar. Él es el fin de la ley, el cumplimiento de la ley; de modo que el que en él creyere es justo.

El único pecado capital que es realmente una porquería, la máxima locura del ser humano, y la cumbre de su estupidez, es la codicia, la cual es como soñar con tener abundante plata sin trabajarla, es desear ganarse el premio mayor de la lotería y que se le aparezca la virgen al mismo tiempo.

La “codicia” nunca es un problema en un mercado, es decir en ausencia de quebrantamiento de derechos, es el motor de todo lo bueno que ocurre y siempre requiere hacer algo que el mercado valore más que aquello a lo que se aspire. Cuantas más aspiraciones personales se realicen en el mercado, es mejor para todos.

Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí. Por eso toda codicia es pecado.

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