Surrealismo a la americana
Gloria Cepeda Vargas
Su nombre lo dice: Surrealismo, o sea, algo que medra más allá de la realidad. El devenir del tiempo lo convirtió en etapa necesaria para la sobrevivencia del arte y la renovación del pensamiento. Pero cuando esa suprarrealidad maneja a su antojo la vida política de un país imponiendo el talante primitivo del gobernante y arrasando con lo que se ha construido a lo largo de un tiempo irrecuperable, el panorama cambia.
Desde hace más de una semana el Presidente decidió levar anclas sin que hasta ahora se conozcan el motivo de su ausencia y la fecha de su regreso. Políticos versados aseguran que su viaje y permanencia en tierras desconocidas, es inconstitucional. Rumores de variado cariz aparecen y desaparecen como fantasmas. Que tiene un cáncer terminal, que está en La Habana arrodillado ante la tribu de brujos y santeros que lo atornillarán en Miraflores, que temeroso de la caída en las últimas encuestas, se prepara a victimizarse para resucitar triunfalmente el día de gracia que sus estrategas consideren propicio. Hasta el desfile militar del 5 de julio se pospuso y esto es grave. Asombra que alguien tan patológicamente ceñido al relumbrón militar y conocedor de la importancia que su verborrea y mímica tienen para el futuro de sus desvaríos, desaparezca de escena durante tanto tiempo.
Éste es sólo el primer acto. Lo que sigue es algo que linda con los límites de la alucinación: Al preguntársele a Elías Jaua, el vicepresidente, por qué (como sería lógico) no reemplaza al Supremo en el ejercicio presidencial y hace honor a su investidura, contestó: “Conmigo pierden el tiempo. No soy un traidor. Mi único deseo es respetar el poder que corresponde sólo al Presidente Chávez” ¿cómo la ven?
En Venezuela todo camina distinto. Se mueve distinto. Cae, sube, gira, empieza y concluye distinto a como la Constitución y las leyes de cualquier país civilizado determinan. Repito: no es cuestión de derecha o izquierda. Aquí no existe una directriz política definida. En este momento el país es sólo un conglomerado de hombres y mujeres vociferantes que no hacen más que destruir su patria y desacreditarla ante la mirada burlona de los analistas foráneos o internacionales.
No me extraña la violencia exacerbada. Colombia también es tierra de profanaciones terribles. Me llaman la atención estas “expropiaciones” donde el Estado arrebata la propiedad ajena sin nada que justifique la medida. Me preocupa la indefensión del ciudadano, el territorio nacional arrojado como un mendrugo a las agallas cubanas, la humillación cotidiana del alma nacional, la carencia de artículos y emolumentos de primerísima necesidad, la ruina de las ciudades, la carencia de energía eléctrica, de agua, de salud, en un país millonario y sobre todo la desaparición de los valores imprescindibles para la evolución y supervivencia digna de cualquier pueblo del planeta.
Para entender este drama sería necesario vivirlo. Lo demás son maromas mediáticas y conclusiones hijas del dogmatismo exacerbado o la coyuntura oportunista.
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