Suárez: oro y catástrofe humanitaria

Colombia vive la fiebre del Dorado. Suárez, un municipio caucano, que basa su economía en la explotación del oro, no es la excepción. Repetía incansablemente don Rogelio Aponzá, un líder comunitario, que en otrora, productos como café, yuca, caña panelera, maíz, fríjol y frutales fueron la base económica del municipio. La agricultura llegó a representar el 52% de la producción y la minería, el 27%. Estas cifras se han canjeado a tal punto, que hoy la tierra literalmente brilla.
En 1935, en la presidencia de López Pumarejo, se firmó con la Asnazu Gold Dredging Limited el primer contrato para la explotación de oro. En los primeros diez años de este siglo el Ministerio de Minas y Energía otorgó un total de catorce títulos mineros. Según cifras de la Corporación Sembrar, en Suárez más de 10.000 hectáreas de tierra ya fueron licenciadas a empresas multinacionales para explotar oro.
Lo que el Estado colombiano desconoció al otorgar los títulos fue la Ley 70 de 1993. Esta esboza que se requiere de una consulta previa con las comunidades negras para ello. En Suárez no hubo tal consulta. Al mismo tiempo, otro inconveniente que enfrenta la comunidad en la defensa de su territorio es el hecho de no contar con un título minero colectivo.
La fiebre del Dorado es una de las causas fundamentales –sin desconocer que existen otras históricas– para que en esta región del país se haya venido configurando una cartografía de violencia. Allí se da un duro enfrentamiento entre las comunidades locales que viven de la minería artesanal con los grupos violentos al margen de la ley y los empresarios que explotan el oro.
El mapa de la violencia se ha venido conformando desde finales de 1990, inicialmente, con la presencia de las Farc. Esta guerrilla dominó el territorio del Naya, donde se producía y transportaba la cocaína que saldría por la costa Pacífica hacia los mercados internacionales. Más tarde, en el 2001, llegó el bloque paramilitar Calima, para enfrentar la presencia guerrillera y recuperar este estratégico territorio. Finalmente, en el 2007 ingresó el grupo paramilitar Las Águilas Negras. Hoy, las Farc y este último grupo intentan controlar por medio de la intimidación la explotación minera.
El negocio de la cocaína ya no da los réditos económicos de antes, de allí que estos grupos ilegales busquen alternativas económicas y, específicamente, la explotación aurífera para solventar sus actividades.
De esa época hasta hoy, la comunidad negra de Suárez vive un drama sin antecedentes. De un lado, están las acciones armadas de las Bacrim. En abril de 2010 se produjo la masacre de La Toma, donde fueron asesinados ocho mineros. De otro, las acciones armadas de la guerrilla; el 12 de noviembre de 2012 este grupo lanzó, sin distinción, cilindros bomba, y dejó veinticuatro civiles y un policía heridos y buena parte del municipio, destruida.
Al mismo tiempo, algunos empresarios han intentado ejercer su derecho minero en estas tierras pidiendo a Ingeominas y a la alcaldía expulsar a los mineros artesanales de la zona. Si bien ha habido resistencia de la comunidad local, la amenaza a los líderes es permanente.
Suárez es otro ejemplo de cómo se pone en peligro a una comunidad en su entorno social, cultural y ambiental, cuando la fiebre del oro se convierte en objeto de disputa criminal. Lo que le pase o pueda pasar a la comunidad negra del municipio poco le importa a los gobiernos departamental y nacional. Esta fiebre se contabiliza en toneladas y en dólares, no en muertos, desplazados y miseria.
Y lo que aún hoy muchos colombianos no alcanzan a entender es que dentro de la locomotora minera viaja la catástrofe ambiental, acompañada de una catástrofe humanitaria.
*Miembro del Centro Interdisciplinario de la Región Pacífico Colombiano, CIER – Universidad Autónoma de Occidente



