SOY LA OVEJA NEGRA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
“Me tocó nacer de oveja blanca y cordero albino”, oí en el corral decir a la oveja negra. “Mis padres lo intentaron muchas veces sin suceso, y al fin, el veterinario ayudó a que el óvulo del que nací fecundara por artilugio de los números. Soy producto de una feliz excepción a las costumbres ovejunas”, remató la conversación del ejemplar lanar.
En realidad las ovejas negras han existido por montones. No hay por qué extrañarse. En los rediles de acá y de allá, si lo averiguamos, nacen con frecuencia esos especímenes raros. No son de carne distinta, su leche es blanca, si son hembras, y no le salen cuernos o son de menos capacidades. No. Tienen los mismos cromosomas y también pueden obtener el PHD en Harvard. Sólo tienen el problemita que por su color y olor sus congéneres los miran mal y les forman gavilla o les fabrican un apartheid.
Una oveja negra, por definición, es distinta en el rebaño. No encaja. Y no es que tengan un punto negro en el cerebro o sus neuronas salgan contaminadas del epitelio de sus madres. No. Eso debe quedar claro. No es que no sean ovejas de verdad. Pero está el detallito que les molesta ser discriminadas. Algo así como el pobre entre los ricos, o como los negros entre los caraspálidas, o como la mujer entre los hombres en el trabajo, o el político honesto entre los corruptos.
Nunca una oveja negra ha sido longeva. La trasquilan rapidito, la sacan del corral a deshoras y se deshacen de ella porque sus compañeros de potrero no le soportan verse retratados con ella y, a veces, ser tratado con preferencia por el brillante contraste de su cabello ágata. Hasta odian su peinado, que usen gafas blancas y hasta que vayan de últimas en la lista de su misma casta.
Y, claro. La oveja negra, de tanto sentirse alejada, de tanto verse separada sin aparente fundamento, piensa que el mundo hay que verlo de otra manera. ¿Por qué siempre seguir tras el cayado del pastor, por qué siempre arrodillarse cuando las vienen a esquilmar para robarles su esplendor? ¿Por qué recorrer todos los días el mismo camino y por qué cerrar el hocico cuando les clavan el cuchillo para llevarlas al asador?
Uno piensa que se debe comprender a las ovejas negras. Y que algo de razón pueden tener. Su pinta pegada al cuerpo, su rareza entre tanta uniformidad y unanimidad es justa. Su cabeza levantada entre tanta cabeza gacha es respetable. Eso de salirse de la fila y poner un florón manchado entre el manojo blanco es una proeza que no se la buscaron ellas porque quisieron sino que la Naturaleza en su sabiduría se las donó. Ellas saben que es un honor ser las únicas entre millones. A muchos les disgustará pero no van ellas llorar porque tengan en su haber algo que las hace diferentes.
Es más. Entre las ovejas blancas también se premia a las que tienen crespos los vellones y hacen más apreciable la familia. Si entre más sea diferente uno en la vida, más singular y más auténtico es uno y es inimitable. ¿A qué viene, entonces, la discriminación y la envidia de las blancas?
Ser oveja negra casi siempre equivale a servir de mísero chivo expiatorio. Pero la oveja negra distingue perfectamente su estirpe y su valor exacto. La inquina que le han tenido siempre la ha hecho sufrir por generaciones y hoy ya ha superado ese baldón que aquejaba a sus antepasadas.
Ser oveja negra es un privilegio. Pensar distinto, sacar la voz por entre los de siempre, cantar con voz distinta, nacer con una estrella negra en la frente, hacen a un ser especial, sobresaliente, sólo por hecho de serlo así. En lugar de avergonzarse de ello, deberá ser un placer sentir que uno no se parece a otro y que se sale del patrón. Eso enriquece a este mundo tan abarrotado de regularidades y promedios.
Si pudiera hablar en el lenguaje de las ovejas negras, les diría que yo como de la misma hierba y que sobre mi lomo también hay una mancha negra que me inhibe seguir la línea que trazan el látigo y la rutina.
18-06-10 – 11:45 a.m.
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